El retorno del pingüino
Europa necesita que vuelva el pingüino. Necesita pelear más que nunca por su soberanía digital para garantizar su supervivencia en el mundo desbocado de Trump
Imagen de archivo / fotograzia
Madrid
A principios de este siglo, tras el estallido de la primera gran burbuja tecnológica -la de las empresas “puntocom”- y el auge de aquel Internet recién estrenado, tan distinto del que hoy conocemos, el movimiento en favor del software de código abierto alcanzó un cierto protagonismo social e incluso político. Unas cuantas ciudades y administraciones públicas de distinto nivel dieron pasos importantes para el uso de aplicaciones de escritorio basadas en el sistema operativo Linux y dejar atrás la dependencia de los programas de Microsoft. Tux, el pingüino mascota del software libre, se convirtió en el emblema de una nueva manera de entender la revolución digital que quería huir de los grandes monopolios tecnológicos y empresariales.
Aunque el uso del software de código abierto no ha dejado de crecer desde entonces, especialmente en entornos empresariales y de infraestructuras, el salto a los ordenadores personales no se ha producido en la escala que se soñaba. Y, sobre todo, el mensaje político del software libre perdió impulso y volvió a ser una bandera enarbolada tan solo por algunas comunidades de programadores. Pero hoy, un cuarto de siglo después, Europa necesita que vuelva el pingüino. Necesita pelear más que nunca por su soberanía digital para garantizar su supervivencia en el mundo desbocado de Trump.
Las guerras de esta década (Ucrania, Gaza, Irán) nos han abierto los ojos sobre el papel decisivo que tienen ya las tecnologías digitales en los escenarios bélicos. Tecnologías, por cierto, en manos de empresas privadas, fundamentalmente estadounidenses y chinas. El 78 % del equipamiento tecnológico de los ejércitos europeos es de importación.
También se ha extendido la idea de que ese poderío digital puede ser empleado de forma coercitiva sin necesidad de disparar ningún misil. Algunos expertos ven posible, por ejemplo, que en un momento dado de crisis se pudiera impedir a todo un país el acceso a los centros de datos ubicados en Estados Unidos, lo que paralizaría prácticamente toda la actividad económica y los servicios públicos, dependientes en su mayoría de servicios en la nube prestados por plataformas norteamericanas. Sobre el grado de dependencia y manipulación de las redes sociales no hace falta decir mucho más.
Este tipo de hipótesis y escenarios de crisis podían ser considerados hasta hace poco como inverosímiles o distópicos. Hoy, en cambio, tanto en Bruselas como en el resto de las capitales de la Unión, se ha abierto paso definitivamente la necesidad de avanzar todo lo rápido posible hacia la soberanía digital europea como requisito primordial para tener soberanía estratégica.
No es una sorpresa. Nuestra dependencia tecnológica digital es enorme. Según el informe encargado por la Fundación Bertelsmann y coordinado por Francesca Bria sobre la soberanía digital europea, más del 80 % de la tecnología y las infraestructuras digitales en la UE son importadas. La procedencia extranjera no es el único ni el mayor de los problemas. La cuestión principal es que en su mayoría son servicios o productos vendidos por empresas privadas que usan software propietario que no puede ser modificado por los clientes.
En el caso de la inteligencia artificial, ya no es que sea de carácter comercial privado, sino que funciona como una verdadera caja negra cuyos algoritmos no se pueden conocer. Aunque solo se hiciera realidad una pequeña parte de los augurios sobre la transformación que la IA va a causar en nuestras vidas y en los sistemas productivos, la dependencia -casi una esclavitud digital- puede alcanzar niveles insospechados. El software de código abierto puede llegar a ser una condición existencial frente a los peligros de la IA.
El desafío que la soberanía digital representa para Europa es tan urgente y de tal dimensión que, si no se aborda con éxito y celeridad, el proyecto de integración europea podría darse por finiquitado en el mundo sin reglas de las grandes superpotencias. Y, para superarlo, no solo hace falta una cantidad ingente de recursos -invertimos en I+D la mitad de lo que gastamos en importar productos tecnológicos-, sino sobre todo una toma general de conciencia sobre el profundo significado político que encierran las decisiones -las del usuario particular, las de las empresas y las de los gobiernos- que tomamos a diario en nuestra relación con la tecnología. Necesitamos que vuelva el pingüino a espabilarnos.
José Carlos Arnal Losilla
Periodista y escritor. Autor de “Ciudad abierta,...Periodista y escritor. Autor de “Ciudad abierta, ciudad digital” (Ed. Catarata, 2021). Ha trabajado en medios como Heraldo de Aragón, El Día de Aragón, Andalán y Diario 16. Fue director del Parque Científico Tecnológico Aula Dei, impulsor del Centro Etopia y asesor del alcalde de Zaragoza Juan Alberto Belloch y de la ministra Pilar Alegría.