A vivir que son dos díasUniverso Andújar
Opinión

Para Rafael Amador

Lo mismo que Pío Baroja escribió un “Elogio sentimental del acordeón”, le corresponde a mi generación hacer un elogio sentimental de la guitarra eléctrica

El escritor Javier Pérez Andújar. / Cadena SER

Barcelona

Lo mismo que Pío Baroja escribió un “Elogio sentimental del acordeón”, le corresponde a mi generación hacer un elogio sentimental de la guitarra eléctrica. Ambos instrumentos pertenecen a épocas diferentes y, sin embargo, hoy significan lo mismo. El acordeón de Baroja se oye en las páginas de Las inquietudes de Shanti Andía y en todas sus novelas de marinos, y su parrilla brilla como la estrella del capitán Chimista. La guitarra eléctrica, hoy día, también es un instrumento antiguo. Que Josele Santiago o Jaime Stinus me perdonen, vivimos en la era del Auto-Tune y de los samples. Ahora, los productores no hablan de instrumentos, hablan de herramientas. Todos los sábados, estoy deseando que empiece la sección de música del A Vivir, para lanzarme de lleno al fetichismo de las canciones. Lo que para los bolcheviques fue la hoz y el martillo, para un rockero era la guitarra eléctrica, es decir, el símbolo de un mundo nuevo. Rockero incapacitado para ser músico, me hice filatélico del rock y así empecé a coleccionar púas de guitarra. Leí en un manual que también se llamaban plectro; pero no es lo mismo, con un plectro uno acaba tocando la bandurria. La guitarra necesita púas porque sus cuerdas son de acero como la rejas del colegio. El rock era una trinchera de acero con púas. Pero había en el barrio otros guitarristas, tal vez los mejores. En su estuche de pestillos relucientes, llevaban una guitarra flamenca. Oyendo discos, estudiaban a Paco de Lucía. Enemigos de la púa, tenían el fetichismo de las uñas. El pulgar derecho, su uña larga y dura de pegamento para darle a los bordones. De la unión de las guitarras eléctrica y flamenca, nacieron monstruos mitológicos como el fallecido Rafael Amador. Así son nuestras guitarras pata negra, así actúa el veneno de los barrios.