El éxtasis pop de Rosalía en Madrid explota en un concierto espectacular
La artista catalana despliega en Madrid el 'Lux Tour', un show concebido como una ópera en la que ha llevado al público por todas las emociones posibles, desde el éxtasis a la rave y hasta el humor

El éxtasis pop de Rosalía en Madrid explota en un concierto espectacular
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En una de las entrevistas de promoción de su último disco, Lux, Rosalía dijo una cosa muy elocuente de ella misma. Su música, definía, no era pop, pero ella sí. La artista es un icono, que mueve millones de fans y factura millones de euros, que llena escenarios de todo el mundo y que cambia del flamenco al reguetón y a la música clásica sin que nadie rechiste. Su éxito se basa en que compone una música difícil de clasificar, en su poderío vocal y visual y en que es, ante todo, libre. Esa libertad emana de cada canción de este álbum, difícil de trasladar a una pista de baile, pero que con maestría ha logrado hacer. Por eso, es tan monumental asistir a los conciertos de esta gira, concebida como un espectáculo total, donde la música, el arte, el baile y lo audiovisual se entremezclan, Lux Tour prometía ser el evento de la temporada y se han cumplido los pronósticos.

Rosalía sabe cómo hacer un show único, que tiene algo de ópera, con cuatro actos, en los que va intercalando las canciones de este disco y del anterior, Motomami, en un espectáculo totalmente diferente pero a la vez que mantiene su identidad. Por cierto, si en esa gira fue criticada por no tener músicos, ahora son el centro. Una orquesta situada, no en el foso, puesto que el Movistar Arena no es un teatro, sino en el centro de la pista, dejando a sus lados unos estrechos pasillos que, vistos desde arriba, simulan una cruz. Son los músicos de la londinense Heritage 22 músicos dirigidos por la cubana Yudania Gómez Heredia que acompañarán a la artista durante todo el concierto.

Fotografía facilitada por la organización del concierto de Rosalía este lunes en el Movistar Arena de Madrid. / Sharon López

Fotografía facilitada por la organización del concierto de Rosalía este lunes en el Movistar Arena de Madrid. / Sharon López
De hecho, ya antes de empezar, se escucha música clásica. Nada de reggaetón, las piezas que sonaban previas al concierto eran El lago de los cisnes o La primavera de Vivaldi. Era el preludio a las 24 canciones en total divididas en cuatro actos y un intermezzo. Una estructura que le permite enfrentar lo divino y lo terrenal con una devoción desmedida. En esa dualidad se basa todo el espectáculo, los contrastes entre el blanco y el negro, la luz y las tiemblas, lo espiritual y también la carne. En realidad, y pese al atuendo mongil de muchas de las fans, Lux propone el baile y la música como trance, y está más cerca Sirat que Los Domingos.
Con una salida espectacular en el escenario, dentro de una caja, como si fuera una bailarina pegada, con su famoso tutú rosa, Rosalía cantó Sexo, Violencia y Llantas. Esa fue la obertura, poniendo los pelos de punta, demostrando su técnica vocal impecable en ese gran lamento que es la canción, que cantó seguida de Reliquia, sin moverse de la caja hasta Divinize, donde sacada literal de los bailarines se acercaba al inicio del escenario. Porcelana, donde siguió bailando con dos bailarines y demostrando que también ballet clásico sabe en puntas en todo el escenario y que acabó versionando Thank you de Dido. Canciones cuyas letras aparecían arriba del escenario, como los libretos de la ópera, y encima traduciendo los diferentes idiomas que ha utilizado para el disco. La cantante se ha quitado el tutú y se ha puesto un velo blanco mientras daba las gracias al público. "La semana pasada estaba pachucha, pero ya me encuentro mejor", reconocía sobre la cancelación en Milán por una indisposición. "Gracias por venir esta noche, hace una década canté en Madrid y sentí el duende y ahora estoy aquí, qué vueltas da la vida", decía emocionada antes de cantar en italiano Mio Cristo Piange Diamanti con un deslumbrante poderío y una ráfaga de luz para cerrar un primer acto perfecto.
Utilizando videos, donde los bailarines montan una especie de opereta, el show pasa de un acto al siguiente, que se centra en lo electrónico, en lo oscuro, y se abrió, nada más y nada menos que con Berghain en una puesta en escena similar a la que vimos en los premios de la música británica, pero sin la presencia de Bjork. Por cierto que es aquí es donde aparecen las referencias pictóricas a Goya y El aquelarre, con las que Rosalía, de negro, con liguero y turbante de plumas, firma una de las estampas más inolvidables del show. En parte, por levantar a todo el público a bailar como en una rave.

La electrónica de esa canción, el primer single del álbum y cuya versión más cañera suena en las discotecas, fue todo un éxtasis en el Movistar Arena, completamente lleno y con algunos invitados vips, entre ellos Pedro Almodóvar, Esti Quesada o Leiva. La rave continúa adaptando canciones de Motomami como Saoko, La Fama y La Combi Versace, cuya escenografía y coreografía son ahora totalmente diferentes a su anterior gira, pero perfectamente adaptadas a esta estética nueva, en blanco y negro. Si el acto segundo se abría con Berghain, se cerraba con De Madrugá emulando con el baile casi una crucifixión para acabar con una especie de homenaje a las danzas tradicionales.
Para arrancar la tercera parte del concierto, escuchamos al músico de la orquesta encargado de tocar la caja, seguido de unas palmas para cantar El redentor, rescatada de su debut, Los Ángeles, el más flamenco de todos sus discos y que sonaba como a saeta en estos prolegómenos de Semana Santa. Después, se lanza a hacer un cover de Can't Take My Eyes Off You, la canción de Frankie Valli. Concebido junto a su hermana Pilar Vila, con la dirección escénica del barcelonés Ferran Echegaray y del belga Dennis Vanderbroeck, el espectáculo encadena cuadros vivientes todo el tiempo. Desde Goya, a un encuadre que recuerda a La Mona Lisa, con los turistas -aquí los fans- mirando en el escenario. Es el momento de dar algo de ligereza y humor a un show místico e intenso. Es el momento confesionario, donde sube a uno de los fans al escenario y esta vez ha subido a Esty Quesada, conocida como Soy una Pringada, ambas han hecho un alegato contra los hombres tóxicos.

Eso indica que llega el momento de uno de los temas favoritos del público, Perla, donde a ritmo de vals y corrido mexicano, la cantante pone finos a sus ex parejas. Canción que fue coreada por un público entregado y cuya coreografía firma Dimitris Papaioannou, uno de los grandes nombres de la escena contemporánea. Los manos enguantadas de los bailarines transforman a Rosalía en una silueta desnuda como la Venus de Milo. Cantó Sauvignon blanc y La yugular y Dios es un stalker, ya entre el público, La rumba del perdón y CUUUUuuuuuute, el uso de un altavoz como botafumeiro por encima de la cantante ya situada en el centro de la cruz, o de la pista, donde ha sonado, para cerrar el acto Sweet dreams, de Eurythmics.
Después, para el último acto, con vaporosas alas blancas de ángel, bailó y cantó Bizcochito, Despechá, Novia Robot, Focu ’ranni - con guerra de almohadas incluida- y Magnolias, donde ha vuelto ella sola al escenario para volver a elevar, a modo de aria, el concierto. Un final redondo y emotivo para un concierto que ha hecho pasar a los fans por todas las emociones posibles, haciéndoles partícipes de un éxtasis pop que, ahora mismo, solo la artista catalana puede ofrecer.

Pepa Blanes
Es jefa de Cultura de la Cadena SER. Licenciada en Periodismo por la UCM y Máster en Análisis Sociocultural...




