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Paolo Sorrentino: "Es imposible no estar decepcionado con los políticos de hoy"

El director italiano, de la mano de su amigo Toni Servillo, defiende la verdad, la libertad y la utilidad de la política en 'La Grazia'

Paolo Sorrentino, en el pasado Festival de Venecia durante la presentación de 'La Grazia' (Photo by Vittorio Zunino Celotto/Getty Images) / Vittorio Zunino Celotto

Madrid

No es la primera vez que Paolo Sorrentino (Nápoles, 1970) se acerca a una figura política para mirar a su país y las dinámicas del poder, pero sí es la primera vez que lo hace desde un estilo más sobrio, depurado y alejado de aquellos retratos grotescos y barrocos con los que plasmó las andanzas de Silvio Berlusconi y Giulio Andreotti en sus anteriores películas. En 'La Grazia' no hay una visión bufonesca de la política, hay una reflexión templada, solemne y pertinente sobre el deber, la justicia y el sentido de Estado de un presidente de la República a punto de jubilarse. Y ese cambio, en fondo y forma, tiene algo que ver inevitablemente con el signo de los tiempos, con una realidad política que ha devorado a la propia ficción.

"No cabe duda de que estoy muy decepcionado con los políticos de hoy en día. Creo que el tipo de político retratado en la película tiene las cualidades necesarias para hacer política. Yo he hecho con frecuencia películas sobre políticos, del mismo modo que he hecho muchas películas sobre personajes que hacen cosas que yo nunca habría hecho en mi vida. Salvo ‘Fue la mano de Dios’, que es una película autobiográfica, en general siempre he hecho películas sobre personas que están muy alejadas de mí porque me intriga su motivación para hacer cosas que yo nunca habría hecho", explica el director napolitano a la Cadena SER mediante videoconferencia.

Desde su estudio, sin apagar su puro y con aparente desidia, Sorrentino responde como es habitual. Parco en palabras y sin posicionarse en debates de actualidad, como el surgido en la Berlinale sobre si es posible separar arte y política. "No estoy al tanto y no soy lo suficientemente inteligente como para poder dar una respuesta a una pregunta tan importante y compleja", contesta con cierta sorna. El autor vuelve a asociarse con su actor fetiche, Toni Servillo, en su séptima colaboración juntos, en una película emocionante y también divertida que es, paradójicamente, toda una declaración de intenciones sobre tomar partido, evitar ser equidistante y decidir vivir libremente.

'La Grazia' arranca con la lectura de algunos artículos de la Constitución italiana, sobre las funciones del Presidente de la República, una figura diplomática, que debe sancionar las leyes, pero tampoco entrometerse en la política nacional. Toni Servillo es el político, un jurista respetado, taciturno y poco amigo de entrar en polémicas o tomar decisiones controvertidas. La presentación del personaje, que recuerda al inicio de 'La Gran belleza', es magistral: el escolta encendiéndole el cigarro, la música electrónica sonando y el rostro de cemento de Servillo. Su personaje representa el político en mayúsculas, una figura que es cada vez más una especie en peligro de extinción. Está a punto de jubilarse, pero antes debe tomar varias decisiones: firmar, o no, una ley de eutanasia, siendo él un demócrata cristiano de toda la vida, y atender la petición de dos indultos. El primero para una mujer que mató a su marido maltratador y el segundo para un hombre que mató a su esposa enferma de Alzheimer.

Estos dilemas morales vertebran gran parte de una película en la que el presidente, ejemplo de rigurosidad y ecuanimidad durante todo su mandato, se enfrenta a las dudas, a las diferentes caras de la verdad y a unas situaciones en las que debe posicionarse. "A los líderes políticos les afectan cosas como a todos los seres humanos. El momento en que la curiosidad muere en un ser humano surge algún tipo de depresión. La curiosidad y también tener un propósito son las dos cosas que nos hacen vivir. Se aplica a los líderes, pero también a cada uno de nosotros", añade Sorrentino sobre el motor dramático de esta historia.

A eso suma el recuerdo melancólico del protagonista al amor de su vida, su mujer, cuya muerte no ha superado. El director retrata a un hombre en el crepúsculo de su vida, de su carrera, como el Jep Gambardella de 'La Gran Belleza', solo que menos dado al hedonismo y a la decadencia. Este Mariano de Santis es un hombre estricto, que no ha dicho un taco en su vida, para el que la ley es sagrada y la verdad una obsesión. Eso le impide tomar la decisión de indultar a los dos presos a la ligera, hasta que una nueva generación de juristas, encarnada por su hija, la actriz Anna Ferzetti, le pone contra las cuerdas. Lejos de cerrarse ante lo nuevo, ya sea el rap que tararea cuando nadie le ve, o la nueva forma de entender la política, lo que hace es escuchar el presente a través de sus hijos

"La relación que existe en la película entre el presidente y su hija es fruto en gran parte de la relación con mis hijos, una relación que luego, obviamente, cuando crecieron, se volvió más dialéctica, también con momentos de confrontación, y me di cuenta de que lo más difícil para un adulto es precisamente poder aceptar y entender las razones de los jóvenes. Es un acto muy difícil. Pero también es lo único que puedes hacer si no quieres convertirte en una de esas personas viejas y antipáticas", admite Sorrentino entre risas.

'La Grazia' es una profunda reflexión sobre el tiempo, sobre el dedicado al deber de la profesión, sobre el empleado con unos hijos casi desconocidos, sobre el tiempo que va llegando a su fin. "¿De quién son nuestros días?", es la eterna pregunta a la que se enfrenta el protagonista, y también parece encarar el propio director. "La relación con el paso del tiempo es tan complicada que, según la edad, se tiene una relación muy diferente. Cuando era más joven estaba muy obsesionado con el hecho de que el tiempo pasaba, y ahora que soy mayor, paradójicamente, me preocupa mucho menos el hecho de que el tiempo pase. Creo que fue Kafka quien dijo que “el sentido de la vida es que se acaba”. En este caso, hago mía esta cita de Kafka."

Si la película adopta ese aire crepuscular y melancólico, sin renunciar a la comedia, y algunas señas de su estilo como la música, gracias a los personajes secundarios y a las situaciones absurdas del mundo del protocolo y las relaciones públicas, es porque Sorrentino también se interroga por la idea de legado. El napolitano, que acumula tantos fans entre el público como detractores en una parte de la crítica que le reprocha la vacuidad de su cine, rechaza cualquier camino paralelo al de su protagonista. "No estoy obsesionado con la idea de legado. No me importa si mis películas se verán en el futuro. No me importa. No sé, estoy desprovisto de todo eso, de hecho estaría muy a favor de que me olvidaran. No tengo interés en eso ni puedo explicarlo", concluye el director italiano, aparentemente desinteresado en un testamento fílmico que quizás recuerde 'La Grazia' como una de sus películas más brillantes.

José M. Romero

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