San Valentín: cuando la leyenda no encaja y el consumo manda
Rubén Rodríguez desgrana la historia de un santo tan popular como dudoso
Madrid
Si ha habido El Faro Santo, hay que hablar de santos. Muchos son internacionalmente conocidos, con grandes edificios y extensas plazas con sus nombres, pero hay uno en particular que, siendo también todo un icono, esconde algo que huele a chamusquina: San Valentín. El que, para muchos, es la representación del amor, tiene algunos agujeros narrativos. Rubén Rodríguez ha traído a El Rompeolas su historia.
La figura que se esconde detrás de estas celebraciones es, supuestamente, la de un mártir del siglo III cuya existencia ni siquiera está del todo confirmada. La tradición sitúa a este personaje como un sacerdote romano en tiempos del emperador Claudio II, conocido como el Gótico, quien había prohibido a los soldados contraer matrimonio para evitar que los lazos afectivos mermaran su rendimiento en combate. Según la leyenda, el joven sacerdote desafió esta orden y comenzó a casar en secreto a los militares, lo que llevó a su rápida detención.
La historia de San Valentín, el Santo que nunca existió
Durante su encarcelamiento, el guardia que lo custodiaba lo desafió a devolver la vista a su hija Julia, ciega de nacimiento. El sacerdote no solo habría obrado el milagro, sino que además se enamoró de la joven, un giro que añade aún más dramatismo al relato. Sin embargo, ni siquiera este prodigio logró salvarlo: finalmente fue condenado a muerte y decapitado. Su cabeza rodó por el suelo un 14 de febrero.
El lado más oscuro, tal como narra Rodríguez, está en la fiesta que existía ese día antes de que el cristianismo colocara a San Valentín. Se trata de la antigua festividad romana de las Lupercales. Durante esta ceremonia se sacrificaban animales y con sus pieles se elaboraban látigos con los que se azotaba a las mujeres, en la creencia de que estos favorecían su fertilidad.
Además de estos azotes simbólicos, la Lupercalia incluía diversos rituales de carácter sexual destinados, supuestamente, a potenciar la capacidad reproductiva. Muy parecido a San Valentín no parece.
De hecho, la propia Iglesia ha tenido problemas para mantener a San Valentín, pues son hasta once los santos con ese nombre y tres con historias relacionadas con el amor.
La celebración de San Valentín arrastraba tal confusión histórica que, en los años sesenta, la propia Iglesia decidió retirarla del martirologio del santoral. Cada cierto tiempo, la institución revisa su calendario y elimina figuras dudosas o incluso repetidas. Sin embargo, la fecha ya estaba firmemente asentada en la cultura del consumo.
El impulso definitivo llegó desde Estados Unidos, cuna de los grandes almacenes y de las campañas de rebajas, donde la festividad se convirtió en un reclamo comercial. En España, fue Pepín Fernández, fundador de Galerías Preciados, quien importó esta estrategia a finales de los años cuarenta, consolidando así el San Valentín que hoy conocemos.