Adolescentes sin móvil en el Camino de Santiago: "Descubren que hay mucha vida sin estar conectados"
Siete jóvenes participan en la iniciativa 'Desconecta en el Camino', un proyecto terapéutico que busca combatir la dependencia digital

Xurxo Lobato

Madrid
El proyecto 'Desconecta en el Camino' celebra en 2026 su quinta edición, consolidado ya como una iniciativa pionera frente al uso excesivo del móvil entre adolescentes y sus crecientes efectos emocionales y sociales. Lo que comenzó como una respuesta preventiva, se ha convertido en una experiencia transformadora que ya tiene lista de espera.
El psicólogo Gonzalo Soria, coordinador del programa, advierte en La Ventana que la situación ha empeorado con los años. "La dependencia y el consumo excesivo del móvil está generando cada vez más aislamiento entre los adolescentes, y muchos son incapaces de hablar cara a cara", explica.
Durante varios días de travesía, los jóvenes caminan sin dinero ni tecnología personal. Solo por la noche, y durante unos minutos, pueden utilizar un teléfono analógico facilitado por el equipo para comunicarse con sus familias.
Un camino para reconectar con la realidad
El grupo está formado por siete chicos y chicas de entre 14 y 18 años, algunos de los cuales utilizaban el móvil más de siete horas al día antes de empezar la experiencia. En algunos casos, el uso alcanzaba cifras aún mayores.
Según Soria, el objetivo principal es enseñarles a relacionarse sin depender de la tecnología. "Descubren que hay mucha vida sin móvil y que no es necesario subir tantas imágenes ni mostrar constantemente lo que hacen", señala.
El programa no consiste únicamente en caminar. A lo largo del recorrido, el equipo, formado por dos psicólogos y una educadora, organiza sesiones individuales y grupales en las que se abordan temas relacionados con el uso responsable de la tecnología y las relaciones sociales.
La desconexión es total durante la experiencia. Los participantes no pueden hacer fotografías ni utilizar redes sociales. Las imágenes del recorrido son tomadas únicamente por el equipo organizador y se muestran a los jóvenes un mes después de finalizar la experiencia. Además, no pueden compartirlas en redes sociales, con el objetivo de que aprendan a relatar lo vivido sin depender de la exposición digital.
La convivencia diaria también transforma su forma de relacionarse. "Sin el móvil hablan entre ellos en la comida y en la cena, descubren que se puede conectar con otras personas de una manera más auténtica", añade Soria.
Una experiencia exigente que deja huella
Participar en esta iniciativa no es sencillo. Cada año reciben cerca de cien solicitudes para apenas ocho plazas, ya que el acompañamiento requiere una atención personalizada.
El requisito fundamental es que los propios adolescentes quieran participar. "Tiene que ser una decisión voluntaria, que deseen un cambio en su forma de usar el móvil", explica el psicólogo. En algunos casos, reconoce, los padres muestran interés, pero los jóvenes no están preparados para dar ese paso.
"Todos han vuelto muy cambiados, han desconectado de todo y han aprendido que hay una manera diferente de relacionarse", afirma Soria.




