Sábado noche en el Mar de la Tranquilidad
El ser humano vuelve a subir a las estrellas para tocar la faz de Dios

Ignacio Peyró: "Sábado noche en el Mar de la Tranquilidad"
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Debe de ser algo más que una casualidad perfecta que, con el mundo a punto de reventar, el ser humano vuelva a la luna por primera vez en cerca de sesenta años.
Para varias generaciones, la carrera espacial había sido uno de los grandes optimismos de la Historia, el magno relato que iba dejando, como tropezones sentimentales, los ladridos callados de la perrita Laika, el mono de la URSS de Yuri Gagarin o esa bandera de Estados Unidos para siempre abandonada a los vientos de la Luna. Era la resonancia tecnológica de la palabra Sputnik, como un futuro mejor.
Los más viejos del lugar recordarán que, en el año 2000, los coches iban a volar y nosotros íbamos a vivir en biosferas autosuficientes. No ha sido del todo así, pero la carrera del espacio llevaba implícita la noción de que, en la soledad de la galaxia, los hombres llegaríamos a sentirnos más hermanos.
En sus mejores momentos, esta fiebre del espacio prendió en la cultura popular. Les Baxter nos invitaba a pasar la noche del sábado en Saturno, David Bowie se preguntó si habría vida en marte y, ante la llegada de las selenitas, Donald Fagen apuntó que “su temperatura es tan intensa / que los terráqueos carecemos de defensa”.
Luego los recortes presupuestarios nos fueron limando este sueño por el que los niños querían ser astronautas y buscaban, en el cielo de verano, el brillo de Betelgeuse por las honduras de Orión. La mejor noticia de este año malhadado es que el ser humano vuelve a subir a las estrellas para -como dijo Reagan tras el Challenger- “tocar la faz de Dios”.




