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Júlia de Paz: "Hay mucha falta de perspectiva de género en el sistema judicial"

La directora explora en su segunda película, 'La buena hija', la violencia vicaria y machista a través del punto de vista de una adolescente

Cadena SER

Madrid

En 2003 Icíar Bollaín sacudió a la sociedad española con 'Te doy mis ojos', un drama sobrecogedor sobre la violencia machista que retrataba los mecanismos del maltrato y que visibilizó una realidad que antes se vivía de puertas para dentro. En estos 23 años han sido asesinadas en España más de 1.300 mujeres a pesar del endurecimiento de las leyes y la concienciación social, y desde hace más de una década también se contabilizan los menores asesinados a manos de sus progenitores. Más de 60 desde 2013. En esa violencia vicaria se centra la directora Júlia de Paz en su segunda película, 'La buena hija', un formidable drama en el que explora la situación de los hijos de esa violencia a través de la historia de una niña de 12 años que es obligada a verse con su padre en un centro de encuentro familiar.

"La historia la empezamos hace unos siete años porque una de mis mejores amigas estaba trabajando en un punto de encuentro familiar. Yo no tenía ni idea de lo que eran los puntos de encuentro familiares y ella me lo contaba. Me decía, mira, yo estoy en un trabajo en el que yo no me siento muy cómoda porque siento que tengo que cumplir una ley en la que no creo, de casos de acompañar a niños y niñas que ella veía clarísimamente que no era buena idea que visitaran al progenitor que era quien estaba sentenciado por violencia machista. Ahí se me abrió todo un mundo. Y paralelamente, con Núria Dunjó, que es la coautora de la película, empezamos a entrevistarnos con mujeres supervivientes de violencia machista y nos contaban que tenían muchísimo miedo y preocupación por sus hijos e hijas, porque al no ser considerados víctimas de la violencia, pues debían continuar viendo al progenitor. Yo, como militante feminista, no tenía mucho conocimiento y al generarnos tantas preguntas nos motivó entrar en esto", explica la directora del origen de esta película que ya empezó a germinar con el corto 'Harta'.

El punto de partida es la salida del espacio familiar. La madre, interpretada por la fantástica Janet Novás, y la hija, a la que da vida la revelación Kiara Arincibia, limpian lo que parecen restos de comida de una pared. Abandonan ese hogar y recalan en la casa de la abuela, a la que encarna Petra Martínez. A partir de ahí el espectador va completando las piezas de esta historia desde el punto de vista de esa preadolescente que no ha sufrido directamente una violencia física y a la que le cuesta poner palabras a lo que ha pasado entre sus padres. Esa niña se debate entre la rebeldía propia de la edad y el rechazo a su madre y entre la fascinación con su padre.

"Cuando nos entrevistamos con mujeres supervivientes de violencia machista e infancias que estaban en esta situación, tanto los niños como las madres, nos hablaban mucho de cómo emocionalmente utilizaban a las mamás para sacar esta rabia o para sacar esta frustración. Entonces también trabajamos, en el caso del personaje de Carmela, de que rechaza la feminidad de la madre porque lo relaciona con ser víctima. Al final la película es un viaje del amor al desamor en relación al padre, y del desamor al amor en relación a la madre. Y queríamos enseñar cómo este espacio de seguridad con la madre también puede generar situaciones de culpa, de rechazo, de proyectar esta frustración por parte de los niños. Y nos interesaba mucho las tres generaciones y cómo la culpa atravesaba cada una de ellas", añade Júlia de Paz.

Entrevista | Júlia de Paz por 'La buena hija'

Entrevista | Júlia de Paz por 'La buena hija'

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La niña sigue viendo al padre por orden de un juez y para eso acude regularmente a punto de encuentro familiar donde la deja su madre y la recoge, sin cruzarse, su progenitor. Ese padre es Julián Villagrán, también extraordinario en su interpretación de un pintor moderno y seductor que esconde esas dinámicas de maltrato. Júlia de Paz logra así desmontar el arquetipo del maltratador y encuadrarlo en una clase social, o una progresía cultural, con la que demuestra que el machismo es transversal y estructural. "No queríamos irnos a estas narrativas más hegemónicas o más normativas que nos han vendido sobre qué es un maltratador. Al final interesa que creamos que un maltratador es de cierta manera, pero hay muchísimas más capas. Al escribirlo teníamos tendencia a odiar al personaje, pero teníamos que entenderlo para no caer en el cliché. Aunque tuvimos dudas al principio, nos entrevistamos con hombres en la cárcel que habían ejercido esa violencia para hablar de cómo entendían el amor, los vínculos o el incluso el miedo al abandono. Buscábamos el perfil de alguien que hubiera ejercido más violencia psicológica y hubiera utilizado a los hijos", cuenta.

Esa es una de las tantas decisiones interesantes que toma la directora en 'La buena hija'. Mostrar a un tipo que se sale del esquema asociado al maltrato y a la vez no mostrar la violencia. La película indaga en las huellas y consecuencias de esa violencia, latente y más silenciosa, sin caer en otro de los debates del audiovisual actual, la sobrerepresentación de la violencia contra los cuerpos de las mujeres. "Teníamos muy claro desde un inicio que no queríamos enseñar una violencia explícita, pero básicamente porque al final la violencia tiene muchísimas más capas, no solamente está un puñetazo. Y entonces queríamos indagar más, explorar más estas capas de la violencia psicológica. Y sí que es verdad que también el cuerpo de la mujer ha sido representado tanto como un objeto de destrucción e incluso como un objeto de recibimiento de esta violencia. Entonces para nosotras era importante alejarnos de ahí, porque es que estamos normalizando muchísimo las violencias, es que entramos en Instagram y hay situaciones de violencia, imágenes que ya es como que entran y salen. Y esto lo que provoca es que incluso a nivel judicial, violencias que cuestan más de demostrar o tal, ya no sean consideradas violencias. Y es lo que pasa con estos niños y niñas. Por eso era importante el no enseñar una violencia explícita", defiende la autora.

Y entre esas otras formas de mostrar la violencia se cuela un debate presente hoy en el cine y la creación artística. Si es posible separar a la obra del autor. Él es un pintor respetado, cuya hija lo idolatra porque ha heredado esa afición al dibujo, y que incluso monta una exposición con el retrato de su expareja. "Es una cuestión que me genera muchas preguntas. A mí me cuesta mucho no separar, siento que el arte está atravesado por la política. El cómo se hace para mí es importantísimo. Entonces me interesaba esta idea de que en la galería la gente viera las obras de arte del padre, pero no sepa qué hay detrás. El cuadro de la madre está hecho sin el consentimiento de la madre. Es una conversación que genera muchas voces distintas y por eso me interesaba", dice.

La joven protagonista, a través de todo su trabajo corporal y emocional, apoyada en la música y sin muchas palabras ante la imposibilidad de verbalizar algunas de las situaciones, va encontrando la manera de detectar las señales y reconocer esa violencia. Lo prodigioso es que lo hace en una película que no renuncia a ser luminosa, que no encierra en una casa y con una fotografía oscura a sus protagonistas, sino que trata también de revertir esa imagen con imágenes a pleno sol del verano. Júlia de Paz cita 'Close' de Lukas Dhont, una historia trágica de bullying y homofobia, como referente. "Se puede hablar de un conflicto doloroso y oscuro con momentos de mucha luminosidad propia de la adolescencia. Todos los niños y niñas nos decían que no querían sentir que eran esa violencia, su identidad no está marcada solo por esa violencia, son niños que han vivido esa situación pero no son eso. Queríamos enseñar esa parte necesaria, cómo deberían vivir como adolescentes, de ahí todo ese mundo de primeras amigas, amores, fumar, la música", explica.

A esa luminosidad, o a esos rayos que se van abriendo en la vida de la madre y su relación con la hija, contribuye también cómo la directora la rodea de amigas y mujeres que han pasado por una situación similar. Mujeres que se ayudan, se sostienen y se protegen, como la de la actriz Tamara Casellas en un guiño a su primera película, 'Ama', ante una justicia aún atrasada para afrontar muchas de las vertientes de la violencia patriarcal. "Mis salvadoras han sido mis colegas, queríamos mostrar tanto a ese grupo de amigas como esta posibilidad de generar una red a partir de mujeres que están o han estado en la misma situación. De hecho, me pone súper contenta porque la asociación que sale en la película es una asociación real. Son mujeres que nos compartieron su testimonio y de alguna manera quisieron ellas también enseñar que con una red de apoyo hay posibilidad de salir de todo esto e incluso de acompañar estas heridas. Entonces para mí era muy importante generar la posibilidad de que hay espacios y hay círculos donde tú puedes sentirte apoyada. Y está también como el perder el miedo a pedir ayuda. Era importante para nosotras. Sin embargo, hay mucha falta de perspectiva de género en el sistema judicial. Si una persona tiene que decidir el futuro de este niño o niña y hay una falta de perspectiva de género brutal con la que ya directamente no ve que hay violencia, entonces, ¿qué hacemos con esto? Mucha ley, pero cómo se aplica esta ley", concluye con esta pregunta Júlia de Paz de una película que destaca por su sutileza, rigurosidad e inteligencia a la hora de mostrar la complejidad de la violencia y por confiar en un espectador dispuesto a madurar en su mirada.

 

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