Un hipnotizado Movistar Arena cae rendido ante el impresionante espectáculo psicodélico de Tame Impala
El proyecto musical del australiano Kevin Parker inaugura su gira 'Deadbeat' en España con una actuación inmersiva que desdibuja los límites entre show, concierto y experiencia sensorial

Tame Impala en el Movistar Arena de Madrid / Créditos: Sergio Albert / Sergio Albert Avilés

Madrid
Decía Kevin Parker (Tame Impala) que el partido que se estaba jugando a esa misma hora en el Bernabéu era “muy bonito, pero nos importa una mierda”. Y es que anoche Madrid se dividía en dos: aquellos que iban al Santiago Bernabéu a ver a su equipo jugar la Champions y otros que iban al Movistar Arena a ver el concierto del australiano. Dos destinos que, aunque parezcan diferentes, juntos impregnaban la ciudad de algo especial.
Tras crecer rodeado de música de grandes tan diversos como los Beatles, Supertramp o Rage Against The Machine, un jovencísimo e inspirado Kevin Parker comenzó a subir sus grabaciones caseras a Myspace en 2007. En ese momento, su Australia natal preparaba el Gran Premio de Fórmula 1 y Roger Federer entrenaba para ganar la final del Abierto de tenis. Lo que Parker no sabía es que, poco tiempo más tarde, su proyecto llamaría la atención de discográficas.
Lo que vino después no hace falta detallarlo. Grammys, Brits… Tame Impala, nombre inspirado en la guitarra favorita de Parker, la Hangstrom Impala, se había convertido en el rey de la psicodelia. Ni del rock, ni del pop. De la más auténtica y hendrixiana psicodelia. En 2015 saltó a la fama internacional gracias a la canción The Less I Know The Better, reconocimiento que, sin embargo, ya había ganado varios años antes en la escena alternativa con el tema Feels Like We Only Go Backwards. Dos inicios inconfundibles en dos canciones indispensables en la música alternativa contemporánea.
Una de las cosas que han quedado claras desde que el australiano comenzó en el mundillo es que lo suyo no es seguir tendencias, es crearlas. Acompañado de sintetizadores, pedales de efectos y cajas de ritmo y, por supuesto, arropado por su banda, convierte el escenario en una especie de laboratorio sonoro donde los géneros dejan de importar. Tanto es así que incluso ha desarrollado su propio instrumento musical, Orquídea.
Sus shows en directo no se alejan demasiado de esta lógica creativa. Sí, son shows, porque Parker hace que la palabra concierto se quede corta. Láseres, luces, imágenes hipnóticas, parpadeos; un despliegue sensorial que amplifica la música y que la convierte en una experiencia única.
Apocalypse Dreams fue la elegida para abrir el concierto. Una música que apenas se escuchaba diluida bajo los ansiosos gritos de un Movistar Arena completamente lleno. Lo que vino después fue una mezcla de ritmos, épocas musicales y beats encabezada por The Moment, de su segundo álbum, y culminada por Dracula, el último single del disco que da nombre a la gira, Deadbeat. Miles de flashes iluminaban el recinto mientras una marea de brazos en alto sucumbía a la arquitectura visual que Parker estaba construyendo en vivo y en directo.
Fue entonces cuando el frenético ritmo se interrumpió de forma calculada. Parker desapareció del escenario mientras las pantallas a sus lados proyectaban esa visión pulida, casi onírica, de su huida de un barullo que él mismo había provocado. El multitudinario evento, de repente, se contrajo y dio paso a un descanso melódico donde, en un diminuto escenario secundario apenas decorado por unas lámparas y una alfombra, llevó el bedroom pop a su sentido más literal. La escala se redujo, sí, pero no la intensidad, ya que No Reply, Ethereal Connection y Not My World fueron las escogidas para sostener este paréntesis íntimo. Bueno… íntimo, por tamaño, porque el ritmo electrónico al más estilo ‘Sirat’ de esta última haría bailar hasta al más tímido del concierto.
Al volver al escenario principal, un esperadísimo Let It Happen hizo vibrar un recinto que casi se movía por los saltos del gentío. Pero, poco después, Parker tuvo que parar en seco el concierto porque algo le había llamado la atención. “Oye, ¿qué llevan los de amarillo?”, preguntó. Se refería a los trabajadores que, con su característica bandera amarilla, van vendiendo cerveza entre la multitud. “Qué envidia, yo también quiero”, bromeó, “¿Cuánto vale una cerveza?”. Entre aplausos, gritos y destellos del público, la persona que la estaba vendiendo, que poco se esperaría al empezar su jornada que esta iría así, le preparó la bebida al artista. “Menos mal que mi manager de producción ha traído euros”, dijo entre carcajadas.
El espectáculo continuó -aunque ya con los tristes aires de final que causa ese incómodo momento en el que el escenario se queda vacío y, casi por norma, se grita: “¡Otra, otra!”- con dos de las canciones más conocidas de Tame Impala: My Old Ways y The Less I Know the Better. Cuesta describir cómo reaccionó el público a esa inconfundible primera melodía de bajo… una explosión instantánea donde miles de voces se sincronizaron para hacer una cosa dificilísima: cantar, nota a nota, una instrumental.
Casualidad no fue terminar con End Of Summer, último tema del último disco. Un final, como dice su título, que es el cierre perfecto a una montaña rusa de luces, emociones y una psicodelia rock electrónica difícil de definir. Que nos quiere “más que al Vegemite”, dijo Tame Impala. Eso, viniendo de un australiano, es muchísimo decir. Por lo visto, el flechazo fue mutuo.




