"Nos quieren engañar con el prestigio": ganar un Premio Nacional y no poder salir del "agujero de la explotación"
Las autoras Yolanda Castaño y Katia Adaui, junto al escritor Mikel Guerendiain, relatan en 'La Ventana' las dificultades económicas del oficio literario y denuncian la falsa idea del prestigio como pago

La Ventana de los Libros | Un oficio precario
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Madrid
Detrás de los libros publicados y los premios literarios, la vida de muchos escritores está marcada por la inestabilidad económica y la multiplicación de trabajos. En La Ventana, tres autores han puesto voz a una realidad poco visible, la precariedad de un oficio que exige dedicación absoluta, pero que rara vez garantiza estabilidad. La escritora peruana Katia Adaui resume su situación con una frase que se repite entre muchos autores: "No vivo de escribir, vivo escribiendo".
Actualmente, explica que necesita combinar hasta cinco trabajos para sostener su carrera literaria. Según relata, imparte talleres privados, colabora con librerías, da clases en la universidad pública argentina, edita textos por las mañanas y corrige tesis de maestría.
Adaui reconoce que la presión económica tiene consecuencias directas en su bienestar. Explica que vivir pendiente del dinero genera una ansiedad constante que afecta a la salud mental. Además, asegura que con frecuencia recibe correos en los que le proponen participar en actividades sin remuneración. "Todo el tiempo me piden que haga cosas gratis diciéndome que me dará prestigio", afirma, señalando que esa práctica es habitual en el mundo cultural.
Por su parte, la poeta Yolanda Castaño, ganadora del Premio Nacional de Poesía y autora del ensayo Economía y poesía: rimas internas, coincide en esa crítica. Según explica, el prestigio se utiliza muchas veces como excusa para no pagar el trabajo creativo.
"Siempre nos quieren engañar con el prestigio", asegura. Incluso rechazar propuestas, añade, implica invertir tiempo en escribir correos y justificar negativas.
La escritura como una carrera de resistencia
Aunque Castaño es la única de los tres que afirma poder vivir de la literatura, reconoce que esa estabilidad tiene matices. Según explica, trabaja una media de once horas diarias y asegura haber caído en lo que describe como "el agujero de la explotación". Su aspiración, dice, sería poder vivir de escribir con una jornada laboral de ocho horas y días de descanso, como cualquier trabajador.
En paralelo, Katia Adaui relata que su estancia en una residencia literaria en A Coruña ha supuesto un respiro emocional y creativo. Lleva dos semanas en ese espacio y confiesa que necesitaba un lugar de silencio para retomar la escritura tras un año especialmente difícil.
La autora explica que el contexto político en su país de origen, Perú, también pesa sobre su estado emocional. Según cuenta, vivir entre dos países y observar situaciones que considera preocupantes genera tristeza e incertidumbre.
A pesar de ello, afirma que ha logrado retomar el trabajo y escribir un nuevo relato. "Probablemente me lleve una página al día", comenta, destacando que para ella esa constancia ya significa un logro.
Escribir entre empleos precarios
El caso del escritor Mikel Guerendiain refleja otra cara habitual del oficio: la necesidad de combinar la literatura con otros trabajos. Guerendiain explica que actualmente vive de sus ahorros y que, de no ser así, seguiría trabajando como librero o profesor interino. También reconoce que, con más de 40 años, vive en casa de sus padres para poder sostener su carrera literaria.
El escritor publicó el año pasado su primera novela, Mauro, inspirada en la fuga masiva de presos del penal de San Cristóbal en 1938, uno de los episodios más dramáticos de la historia carcelaria española.
Según relata, el proceso de escritura duró dos años y se desarrolló en paralelo a su trabajo como profesor interino. Por las mañanas impartía clases y por las tardes acudía a la biblioteca para escribir.
Este último año, ya en situación de desempleo, lo ha dedicado a promocionar su novela por distintas ciudades de España, un esfuerzo que considera una inversión personal.
Además, reconoce que durante mucho tiempo sintió vergüenza al recibir pagos por charlas literarias. "Me daba vergüenza que me pagaran, hasta que entendí que no tenía que fustigarme conmigo mismo", afirma.
Premios que alivian, pero no solucionan
Las ayudas y los premios literarios aparecen como un salvavidas puntual, aunque insuficiente para garantizar estabilidad.
Katia Adaui recuerda que recibir un premio nacional en Perú supuso un momento clave en su vida personal. Según explica, acababa de separarse y atravesaba dificultades económicas, por lo que los 10.000 dólares del galardón le permitieron empezar de nuevo.
Sin embargo, advierte de que estos reconocimientos no resuelven la precariedad estructural del sector. "Los premios son un poco pan para hoy, hambre para mañana", afirma.
Mientras tanto, Guerendiain denuncia la falta de reconocimiento social del trabajo creativo. Según explica, muchas personas le preguntaban cuándo empezaría a trabajar, como si escribir no fuera un trabajo real.
"A mucha gente le cuesta entender que ser escritor también es trabajar", concluye, poniendo voz a una realidad compartida por miles de autores que, pese a las dificultades, continúan escribiendo cada día.





