Triste, divertida, inteligente e incómoda: 'Un poeta' es la tragicomedia total
El director colombiano Simón Mesa Soto arma una fantástica comedia negra a partir de la historia de un poeta fracasado y desfasado interpretado por un genial Ubeimar Ríos
Fotograma de 'Un poeta' con Ubeimar Ríos / ATALANTE
Madrid
El cine nunca ha dejado de mirar dentro de sus mecanismos internos. El proceso de creación artística siempre ha sido fuente de inspiración de grandes películas, ya sea desde la autoficción, desde dentro de un rodaje o explorando las propias relaciones del genio-autor con su obra y su entorno. Habitualmente estos dispositivos, tan cinéfilos y autocomplacientes en muchos casos, parten desde el privilegio, por eso es tan interesante la mirada que ofrece el director colombiano Simón Mesa Soto en ‘Un poeta’. Primero porque indaga en sus propias frustraciones como artista en un país sin una industria audiovisual sólida y, segundo, porque lo hace desde una fantástica tragicomedia.
“Empecé a estudiar esta historia cuando terminé mi primera película. Fue una película que produje, escribí y dirigí, y me puso en una encrucijada porque tomó mucho tiempo hacerse y con muy pocos recursos. Y fue como un momento en el que sentí un quebranto con esta pasión y este sueño del cine después de estudiar y de hacer cortos. Venía con toda esa energía y esta película como que me me cuestionó ¿Será el camino?”, se pregunta el director, que presentó ese debut en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes. Ese cuestionamiento, a la vez que su trabajo como profesor, le llevó a reflexionar sobre esa sensación de impotencia.
“Esa frustración de pensar tal vez en renunciar fue lo que me llevó a pensar en hacer una película sobre la frustración y querer hacer algo como enojado, no sé si enojado es la palabra, o que rompiera con todo, que no importara a quien iba a llegar de cierta manera. Pero en ese proceso yo no no veía tan interesante que el personaje fuera cineasta. Ahora hay películas como ‘Valor sentimental’ o la nueva de ‘Sorogoyen’, que sus protagonistas son cineastas, pero a veces me cuesta creerles. Me interesaba más como Kiarostami retrata al artista de una manera muy única, quizás porque Irán culturalmente es muy similar a Colombia, como en su idiosincrasia, en su paisaje, en sus calles, en sus personajes. Siempre ‘Close up’ ha sido un referente de lo que yo quería hacer, pero el cineasta colombiano no lo veía tan interesante porque no hay una tradición tan grande”, añade.
El protagonista de su segunda película, al que interpreta un fantástico Ubeimar Ríos, no es exactamente un trasunto del propio director. Es un poeta fracasado, desfasado, con una crisis de la mediana edad y con muchas preguntas y vacilaciones sobre el mundo del arte hoy. Este Óscar Restrepo es también un hombre cansado, desilusionado y obstinado, un artista que se mueve durante todo el film en una tensión cómica e incómoda, entre quién cree que es y quién es realmente. “Colombia y toda Latinoamérica tiene mucha más tradición de grandísimos poetas, es algo más instaurado. Y ademas me interesaba no solo la figura del poeta, sino la del bohemio, de la generación que vivió su juventud en la Colombia de los 70, 80 y 90, que es un ser bastante particular para mí. Fueron artistas que vivieron su juventud en una época complicada, en ese Medellín por ejemplo de los 80. Muchos de ellos eran mis profesores, podían ser artistas transversales, esos seres consumidos por la bohemia, por las drogas o cualquier adicción o exceso, pero también con visiones idílicas, utópicas y una exageración al mirar el mundo, esta es la proyección que yo hacía de mí. Yo creo que uno va encontrando a ese personaje a medida que va uniendo todas esas imágenes que a uno le interesan, y yo le encontré en la figura de un poeta”, explica.
La historia sigue a este hombre por las calles de Medellín, un poeta sin suerte y bebedor, admirador de José Asunción Silva y sumido en una crisis vital, laboral y familiar. Depende del dinero que le da su madre, incluso de la caridad de su hija, y aunque sigue participando en algún encuentro literario, no asume que ha fracasado. Acorralado por su familia, finalmente accede a trabajar de profesor y descubre a una adolescente aficionada a la escritura, una chica de clase baja en la que vuelca sus esperanzas pero también todas sus frustraciones.
De ahí nace una historia que es triste, melancólica y divertida, pero también mordaz, crítica y profundamente política. Este poeta, a ratos incomprendido y en otros patético, es el vehículo que utiliza Simón Mesa para indagar en cuestiones más profundas. El director trabaja con múltiples ideas relacionadas también con el cine o cualquier arte. Está el miedo al fracaso, el autoengaño, la desesperación porque tu obra te defina, la incertidumbre, pero a la vez está el debate sobre proyectarse en alguien, sobre transformar al otro en el proceso de creación artística, sobre el eterno dilema de esos niveles de privilegio que se establecen al representar al otro. Algo que el propio autor vive en cada proyecto al trabajar con actores naturales o no profesionales. “Es casi una escuela donde ese no actor es en sí el personaje de la historia, tiene un corte social y antropológico. Uno de los dilemas o las reflexiones más grandes que tenemos es esa relación del cineasta con el personaje-no actor. Lo sacas de su entorno, lo haces parte de tu película y lo devuelves al entorno. Esa relación siempre me deja pensando, ahí queda en evidencia la inequidad tan grande que vivimos en Colombia, las grandes diferencias que hay en la sociedad”, reflexiona.
Simón Mesa trabaja estos dilemas internos, los suyos propios como creador, pero también expone dilemas externos, como los de una cultura occidental, o un cine de autor festivalero, que también trabaja con unas expectativas sobre el cine latinoamericano. "Es un cine que en gran parte se financia de otros lugares del primer mundo y lo dictaminan las personas que eligen esos proyectos. Y se vuelve un mercado, un mercado que se pregunta qué temas pueden ser más financiables. No está mal hablar de estos temas, el cine siempre es político, pero también se puede volver utilitarista", responde. El director se ríe de eso, le da una vuelta al cliché del padre artista y también retrata la desigualdad en su país, con la falta de horizonte para muchos jóvenes y los embarazos adolescentes.
Además, utiliza el choque generacional entre los personajes para ahondar en una brecha cultural cada vez más grande, la de la vieja poesía entregada a la belleza y anclada a una tradición y la de las nuevas generaciones ante la banalidad de la redes y la televisión. "Para mí también ha sido una especie de exorcismo para evitar convertirme en uno de esos viejos, esos viejos de la poesía que en su juventud fueron una fuerza increíble y han ido perdiendo su luz. Los absorben los mecanismos en torno al mercado y a la industria, y se pierde esa idea de arte y de poesía". Esa es también la razón por la que el director ha rodado en 16mm, para darle esa textura añeja, de otro tiempo, a una comedia brillante y afiladísima que contiene un drama original, sorprendente e incómodo. Simón Mesa Soto mira con ternura a esos personajes, que pueden resultar antipáticos, erráticos y patosos en muchos momentos, pero a los que el espectador acaba acompañando, entendiendo y queriendo.
José M. Romero
Cubre la información de cine y series para El...Cubre la información de cine y series para El Cine en la SER y coordina la parte digital y las redes sociales del programa. Los Goya, los Feroz, el Festival de Cannes, Venecia, San Sebastián y Málaga son paradas obligadas durante la temporada audiovisual.