'El diablo viste de Prada 2' vista por una Gen Z: de relato aspiracional a historia de supervivencia
La esperada secuela de la película protagonizada por Meryl Streep y Anne Hathaway entiende que las reglas del periodismo (y de las comedias románticas) han cambiado y pide socorro a una nueva generación

Fotograma de 'El diablo viste de Prada 2' / Disney / Macall Polay

Madrid
Hace veinte años, sí... ya veinte, se estrenaba 'El diablo viste de Prada', esa comedia dramática dosmilera que seguía la llegada de una jovencísima Anne Hathaway a una prestigiosa revista de moda, donde empezaba a trabajar como asistenta de una jefa déspota interpretada por Meryl Streep. Todo ello, además, sospechosamente parecido a Anna Wintour y a Vogue.
Esta semana llega a los cines la segunda parte, también dirigida por el cineasta David Frankel, de esta sátira superficial del mundo de la moda y, con ella, sus memorables personajes: además de los de Streep y Hathaway, vuelven Emily Blunt (Emily), Stanley Tucci (Nigel) y Tracie Thoms (Lily).
Es cierto que la pregunta sobre su necesidad sobrevuela el proyecto. Nadie reclamaba con urgencia una segunda parte de una cinta perfectamente instalada en la nostalgia dosmilera. Sin embargo, ya que Hollywood ha decidido reabrir el expediente, la secuela resulta mejor de lo que cabía esperar, pues refresca una historia que, vista a ojos de hoy, quizás, pedía una actualización para seguir teniendo algo que decir en 2026. Una revisión dirigida, sobre todo, a la Generación Z.
La primera entrega, basada en el bestseller homónimo de Lauren Weisberger, convertía el universo editorial en una caricatura del abuso de poder, la explotación laboral y esa peligrosa glorificación de entregar la vida -incluso personal- al trabajo a cambio de una oportunidad "por la que millones de chicas matarían".
La secuela, ahora desligada ya de la novela, ensancha el foco y mira al derrumbe general de la profesión periodística: medios que cierran, la creciente dependencia de la publicidad, contenidos subordinados al click fácil, redacciones arrasadas por la digitalización y una inteligencia artificial que llega como amenaza silenciosa sobre cualquier oficio creativo.
Esta vez, el diablo no es una jefa déspota ni un entorno laboral tóxico, es un ecosistema mucho más perverso donde la información, la cultura, la escritura y el criterio editorial han dejado de pertenecer al periodista para pasar a manos de millonarios y oligarcas tecnológicos. Personajes que no entienden de moda, sensibilidad cultural o enfoque, pero sí de tráfico, métricas, engagement y rentabilidad. Si aquella primera mostraba una industria todavía sostenida por el papel, las grandes marcas de lujo y las editoras "visionarias", esta retrata un negocio mucho más inestable, obligado a mendigar relevancia en redes sociales, con patrocinios encubiertos y tendencias que duran exactamente lo mismo que un TikTok.
Aún así, en medio de este nuevo caos, Miranda Priestly continúa siendo el centro de gravedad absoluto. El personaje de la fantástica Meryl Streep que, por cierto, le consiguió la nominación al Óscar a mejor actriz en 2007 (junto a Penélope Cruz por 'Volver'), sigue igual de mordaz, directa y, por supuesto, igual de cruel... aunque tenga que estar un poco más atenta a las palabras que hace veinte años estaban más normalizadas. Con todos los cambios rápidos retratados, es interesante ver cómo evoluciona su cinismo. Ahora, Miranda está obligada a observar un mundo aún más banal que el que ella ayudó a construir y a decidir si quiere hacer algo al respecto.
También hay una actualización evidente en los cameos y en los rostros "célebres" que orbitan la historia. Igual que en la primera entrega aparecían figuras muy reconocibles del glamour dosmilero como Gisele Bündchen, ahora la película llena sus pasarelas y photocalls de iconos perfectamente identificables para la Generación Z: modelos virales, rostros de redes sociales... Asimismo, aunque parezca trivial, la elección de la música también ayuda a que la historia se actualice. Voces actuales, elegantes y de cierto nicho aspiracional como Olivia Dean, The Marías o Raye se incorporan al relato y ayudan a construir una atmósfera más contemporánea, refinada y perfectamente alineada con el gusto estético de una nueva generación. Dos detalles pequeños pero eficaces para subrayar hasta qué punto la industria también ha cambiado de dueños, estética y referentes.
Y es que, realmente, todo es distinto. También el mensaje. Cuando se estrenó la primera parte, en 2006, las pantallas estaban a rebosar de comedias románticas cuyas protagonistas eran jóvenes periodistas. Bridget Jones, Carrie Bradshaw, Kate Hudson en 'Cómo perder a un chico en 10 días', Jennifer Gardner en 'El sueño de mi vida', Drew Barrymore en 'Nunca me han besado'... y así, la lista es infinita. 'El diablo viste de Prada' se inscribió en esa tendencia de relatos aspiracionales que convencieron a toda una generación de que un periodista joven podía permitirse una casa en una gran ciudad y cócteles carísimos con sus amigos. Una generación a la que se le prometió que si se esforzaban lo suficiente conseguirían alcanzar sus sueños. Y comprarse una casa, que casi es lo más difícil de todo.
Ahora, esta segunda entrega se ha convertido casi en una película de terror para aquellas periodistas cuya motivación para estudiar la carrera nació, en parte, de estos referentes. Porque donde antes había redacciones caóticas, cafés para llevar y una promesa de ascenso profesional, ahora hay precariedad, algoritmos, teletrabajo, titulares perniciosos y, lo peor de todo, medios de comunicación cerrando. Ahí es donde la película acierta, porque entiende que la gran tragedia ya no es simplemente tener una jefa tan cruel como Miranda, sino trabajar en una industria que se está devorando a sí misma. El periodismo que en los 2000 se retrataba como una puerta de entrada a un mundo emocionante, a la cultura, a la moda, al poder... aparece, ahora, como un oficio arrinconado, obligado a justificar su legitimidad con datos de audiencia, clicks y presupuestos.
Descubre la nueva app de Cadena SER Te ofrecemos una mejor experiencia de audio y video
DescargarEl largometraje se podría describir como una carta de disculpa hacia toda esa generación que alguna vez creyó en lo que era el periodismo. O, por lo menos, en la versión embellecida que el cine y la televisión se encargaron de vender durante años. Sin embargo, hay también una especie de llamada (desesperada) a la acción. La cinta parece lanzar una advertencia muy concreta a quienes están heredando la profesión: si nadie vuelve a exigir cierto criterio, lo poco que queda terminará por desmoronarse del todo. No es casual, por tanto, que buena parte de sus guiños musicales y visuales sean hacia la Generación Z. Bajo la apariencia de secuela nostálgica para millenials, la película parece buscar, también con el ritmo narrativo, a un espectador más joven.
Todo esto convierte a 'El diablo viste de Prada 2' en algo más que en la explotación de una marca conocida. Es, con bastante más acierto del previsto, una revisión fresca de una historia que entiende que las reglas han cambiado y que, veinte años después, el verdadero infierno está más arriba que la oficina lujosa de una revista de primera... está en un sistema entero donde el talento importa menos que la visibilidad. Bueno, y donde el criterio es un objeto de negocio.




