Mal día de San Severo
José Ramón de la Morena
San Severo fue un domingo ayer muy severo con nuestros deportistas. Le ayudó muy poquito a Nadal, que mereció ganar esta vez a Djokovic la final del Open de Australia, aunque esto lo pienso yo, claro, que soy admirador y compatriota suyo, como tú, y porque Rafa nos tuvo entusiasmados toda la mañana y hasta después de tomar café, creíamos que esta vez sí se hacía con el serbio, pero San Severo pasó de nosotros, quizá porque Djokovic, con esos chupetazos que le pegaba al crucifijo de madera que lleva colgado al cuello, hizo más fuerza ante el altísimo, que la sugerencia que pudiera haber hecho, si es que llegó a hacerla San Severo.
Pero lo de Nadal es tan admirable, que le admiramos hasta cuando pierde, y casi nos apenamos nosotros más que él. Tal vez porque él sabe perder también mejor que cualquiera de nosotros, o tal vez porque conozca en su cansancio, sus castigadas rodillas, tobillos, brazos lo que cuesta ganar, y por ello valora y admira tanto a quien le gana.
Sea por lo que sea, es el estandarte más brillante y universal del que podemos presumir, y cuando de este país, de esta sociedad y de estos colegios y de estas familias nuestras, salen chavales así, hay que pensar que el futuro nos tiene que sonreír, porque en algún momento aparecerá algún Nadal entre nuestros banqueros, gobernante s o empresarios… Al fin y al cabo, lo da el terreno, que decía el Tío Nicasio.




