El músico que volvió de la muerte
Murry estaba enganchado a las drogas, un viaje que le hizo perder a su mujer, a su hija y su casa. En cuestión de meses, lo perdió todo. “La heroína te destroza la vida en muy poco tiempo”, contaría a la revista ‘Uncut’ durante una entrevista.
Este músico sureño, residente en California, saldría adelante e ingresaría en rehabilitación, donde ya estuvo de adolescente cuando sus padres adoptivos –pertenecientes a la aristocracia del sur de los EEUU- se asustaron con sus primeros tonteos con las drogas y le ingresaron contra su voluntad. “No era un adicto, para nada, pero después de aquello empecé a comportarme como uno”, contaría en otro encuentro con ‘The Guardian’. A pesar de aquella experiencia, la vida de Murry transcurrió por aguas tranquilas hasta que -siendo ya padre- fue operado de un problema muscular. Tras la operación le recetaron unos potentes analgésicos. Cuando terminó el tratamiento siguió tomándolos en busca de esa reconfortante sensación que le producían. John Murry no tardó en acabar adicto a la heroína y destrozando el hogar que había creado, jodiendo su vida y acabando en el suelo de la casa de un camello a la espera de una ambulancia que le llevase al forense. Pero Murry tuvo algo de suerte.
En 2012, todas esas experiencias darían forma al debut de John Murry. El resultado fue ‘The graceless age’, un álbum intenso lleno de rabia, errores y confesiones. Murry tardó cuatro años en dar forma al disco porque quería que fuese real, que reflejase parte de sus vivencias desde una narrativa que no usa metáforas, que te golpea sin guantes. “Quería salvarme pero no quería ayuda. Quería muerte pero no quería morir. Al final, tengo una vida que no me merezco”, explicaba en otra entrevista. El disco, que recibió grandes críticas, era su debut en solitario tras el álbum que firmó junto a Bob Frank en 2006.
Dentro del álbum de Murry destacan varias canciones. La que más trascendió fue ‘Little coloured balloons’, la canción que reconstruye, con tremenda intensidad y lirismo, la noche que estuvo muerto en aquella ambulancia. Pero ‘The graceless age’ no es un álbum triste, tampoco es alegre. Se trata de un trabajo real, repleto de vivencias de las que se puede aprender. Murry se defendería de aquellos que cuestionaron la veracidad de las historias de sus canciones. “Me resulta preocupante que algunos cuestionen la honestidad de las canciones cuando no hay gloria en la verdad que se está contando”, argumentaría el músico.
Por las canciones de John Murry deambulan dudas, temores de recaídas, recuerdos borrosos y una dolorosa sensación de pérdida: la de su mujer y su hija. El sonido, a mitad de camino entre las baladas de Wilco y las ensoñaciones de Neil Young, crea el clima sobre el que transitan las historias del músico, que fluyen delicadamente, con cierta timidez, la de alguien que no está orgulloso de lo que cuenta pero que siente la necesidad de hacerlo.
Tras aquel minuto en la muerte, Murry ha recompuesto su vida, recuperado a su familia, y se ha hecho un hueco en la música gracias a las buenas críticas que recibió su confesión musical, la crónica de un descenso a los infiernos que ha derivado en una inesperada segunda oportunidad.




