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Domingo, 08 de Diciembre de 2019

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Kevin Durant, caminando entre gigantes

El alero de Oklahoma City Thunder se codea, a sus 25 años, con los nombres del Salón de la Fama de la NBA, después de superar el récord personal de Michael Jordan con 41 partidos consecutivos por encima de los 25 puntos

De izquierda a derecha, Michael Jordan, Kevin Durant y Wilt Chamberlain /

¿Qué convierte a un jugador de la NBA en una leyenda imperecedera? Sus puntos, sus títulos, sus actuaciones, sus hazañas, sus récords... quizás, y para que el club sea más selecto, una mezcla de todo. Salta a la vista que, para triunfar en cualquier deporte colectivo, las estadísticas individuales son secundarias. Valores numéricos que sí marcan el rango del personaje, pero no aseguran títulos, más allá de ir acompañados de otras piezas, otros administradores de ese potencial, incluso del acierto de una franquicia.

"Kevin Durant ha puesto en jaque a los reyes que se sentaron en el trono antes que él"

"Desde el 7 de enero, el de Oklahoma no ha bajado de los 25 puntos por noche"

"Durant se ha visto poseído por Jordan, por Chamberlain, por Robertson, por la belleza de sus gestas"

En estos días en que vivimos obsesionados con la cantidad por encima de la calidad, con la pertenencia a un colectivo o la acumulación de bienes materiales e inmateriales, como la ridícula posesión de la verdad, queda más en entredicho nuestro modus operandi. La manera de entender qué cosas son importantes y cuáles no. Un criterio insalvable para reconocer el mérito real de algo.

En este contexto, la NBA tiene sus propias leyes. Para concebir la importancia histórica de un jugador no queda más remedio que compararlo con los que asfaltaron el camino, con los precursores. Y esa es la senda que se ha marcado recorrer Kevin Durant, poniendo en jaque a los reyes que se sentaron en el trono antes que él. Su valía y su capacidad le delatan en menos de 60 segundos sobre la pista. Otra cosa es hablar de él como uno de los grandes y para superar esa mirada inquisitiva, Durant ha dado un paso al frente. Una madurez que ha venido acompañada de un temperamento más agriado, lejos de su habitual carácter risueño. Más 'crueldad' hacia el rival para remarcar quién es el mejor y unas actuaciones que han hecho desempolvar los libros de registros.

En la madrugada del 5 al 6 de enero, mientras millones de niños en España soñaban ilusionados con la llegada de regalos que abrir, los agnósticos se mantenían en pie, ilusionados a su manera ante el televisor. Su 'juguete' era Kevin Durant, que esa noche se medía a los Celtics, y le quitaron la envoltura, apresurados, pensando en una nueva exhibición de la que ser testigos. La noche no fue mal, el jugador de Washington D.C. rozó el triple doble con 8 rebotes y 7 asistencias, aunque eso sí, se quedó 'solo' en 21 puntos. Esta puntualización, que puede sonar extraña, marca el inicio de nuestra historia y de la cuenta. Una actuación que la mayoría de jugadores firmaría para cualquiera de sus noches y que se convirtió, sin saberlo, en el último poso 'mediocre' de 'Durántula'.

Lo que vino a continuación fue una sangría.

Una racha endemoniada de registros buenos y mejores, una lluvia de puntos sin aparente escampado y un acierto que, como los buenos trucos de magia, resulta más elegante cuando no atiendes a razones. Desde la noche del 7 de enero frente a Utah y hasta el día de hoy, Durant no ha bajado de los 25 puntos por encuentro. Una cifra exacta que desvela la causa: el récord vigente en los últimos 50 años de más partidos seguidos (40) alcanzando al menos esas cotas. Su autor: Michel Jordan, en la temporada 1986-87.

Instalado durante todo este periodo en un 'orgasmo' baloncestístico, Durant ha superado el récord de Jordan con 41 encuentros sin interrupción. Tres meses sin métodos anticonceptivos. Con un tramo final realmente comprometido por el salvaje Oeste. Una fecha que será recordada, el 6 de abril, en el partido contra Phoenix, cuando Durant anotó 38 puntos con una mala selección de tiro y la derrota, todo hay que decirlo, pero que le sirvió para superar al mito.

Los Suns, el último escollo para superar el reto.

Esta vorágine anotadora deja registros únicos: 28 partidos con al menos 30 puntos, 11 de ellos por encima de los 40 (donde entra el inicio de la epidemia, los 48 ante los Jazz) y dos noches donde el jugador sobrepasó el medio centenar (54 ante Golden State Warriors el 17 de enero y 51 el 3 de marzo frente a Toronto). Y para entender mejor el grado de dificultad hay que añadir las estadísticas globales, no nos vayamos a confundir con un caso de individualismo patológico. Razonamiento equivocado. En total, el jugador de Oklahoma acumula en estos 41 partidos una media de 34.8 puntos por velada, a la que añade más de 6 asistencias y 7 rebotes. Anota, hace mejores a sus compañeros y trabaja para el equipo. El ejemplo perfecto son los dos triples dobles ante Philadelphia y Lakers, y la de ocasiones en que lo ha rozado.

El eslabón de la cadena llamado a evolucionar la especie.

Ver jugar a Durant, contemplar su superioridad en la mejor liga del mundo, contra los mejores rivales del planeta... estas demostraciones y no otras son las que explican la magnitud del personaje. Nada de números. Los números solo pueden dibujar el contorno de la figura, una especie de retrato robot del sospechoso a ocupar un puesto entre la gloria del baloncesto. Cuando vemos un partido del espigado número 35, inconscientemente guardamos pedazos de su baloncesto junto con los de otros hombres que fueron un adelanto para su tiempo.

Hablamos de figuras como Wilt Chamberlain, quien ostenta el récord histórico de más partidos seguidos por encima de los 25 puntos, con 107 consecutivos. Los 80 partidos de la temporada 1961-62 completa y los 27 primeros de la siguiente. Un récord insuperable que remite al código postal del jugador con más puntos en un solo partido (100) y que tiene el segundo promedio de puntos más alto de la historia (30.1), superado por centésimas por Michael Jordan.

Los primeros dominadores: Wilt Chamberlain, jugando por encima del tablero.

El segundo en la carrera es Oscar Robertson que logró 46 partidos consecutivos sin bajar de 25 puntos, en 1963-64. La segunda mejor marca y más accesible para Durant, que puede colarse en este escalafón esta misma temporada si asciende a los 47, con los seis partidos justos que le quedan de aquí a Playoffs. Una proeza que se explica recordando quién fue Robertson: el único en la historia que promedió un triple doble en una temporada completa (30.8 puntos, 12.5 rebotes y 11.4 asistencias en la 61-62).

La liga norteamericana evoluciona, moldeable al paso del tiempo, buscando siempre dejar a un lado los automatismos para encontrar alicientes. Nuevas equipaciones, zapatillas, complementos; mejoras en la mecánica de tiro, en los entrenamientos, las recuperaciones; avances en el seguimiento de los partidos, cámaras inteligentes que en poco tiempo se colarán entre la ropa sucia de los jugadores; además de la propia evolución física de los protagonistas, con modas más o menos pasajeras, y nuevos cortes de pelo o tatuajes.

Tranquilicémonos, hay dos cosas que no cambian: el talento y la canasta.

Las variables pueden ser muchas pero es innegable que el balón, la canasta y el jugador seguirán formando el triángulo imprescindible. Se podría añadir a la ecuación el valor de las estadísticas como el factor que no miente, aunque esa premisa no es del todo cierta. Siempre habrá cualidades que no aparezcan reflejadas en los números (como el liderazgo de Durant, la competitividad de Jordan, la versatilidad de Robertson o la intimidación de Chamberlain) y situaciones que, por el contrario, inflen la realidad. ¿Las sobresalientes actuaciones de Jeremy Lin, hace ahora dos cursos en Nueva York, le convierten en un jugador por encima de la media? ¿Justifican que la temporada que viene vaya a cobrar un poco más (14.898.938 $) que el genial James Harden? Evidentemente no.

Aún así, es conveniente aprovechar el enfermizo nivel de estadísticas que asolan la actual NBA para dar la última estocada. El nivel de acierto, los porcentajes. Durant pertenece al club de 32 jugadores que tiran 15 o más veces a canasta en cada partido de la temporada. Los que no se cortan. Y de ellos, solo cinco superan el 50 % de acierto en esos tiros de campo. Tres son interiores: Blake Griffin, Al Jefferson y Anthony Davis (con lanzamientos menos comprometidos). Y luego surgen los dos mejores: LeBron James y Kevin Durant (más de 10 tiros metidos de 20 intentados). A lo que se suma que Durant consigue llegar a un increíble 40 % en triples y el de los Heat no.

Oscar Robertson: 'Mr. Triple Doble'.

La consecuencia no puede ser otra que el MVP. A estas alturas ya parece más claro que nunca, después de una temporada en la que se ha disfrazado. Día tras día, partido tras partido, Durant se ha visto poseído por Jordan, por Chamberlain, por Robertson. Por la belleza de sus gestas. Y aunque en vida somos reacios a reconocer el valor de lo que tenemos delante, como bien apunta Gonzalo Vázquez en 'La enfermiza resistencia a lo nuevo', son las promesas de un baloncesto especial como el de este joven, las que nos 'engañan'. Las que nos invitan a creer que no lo hemos visto todo, que quedan cosas por descubrir, por mejorar, y que Chamberlain se equivocaba cuando en su ocaso dijo defendiéndose: "Nadie quiere al gigante".

Porque, aunque mitológicos y despiadados, los gigantes y su insaciable apetito siempre nos cautivarán.

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