Miércoles, 26 de Enero de 2022

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MIÉNTEME CINE

No me engañes con la peste

Venecia no solo descubrió el sistema de aislamiento que desde entonces llamamos cuarentena, sino que durante el siglo XVI inventó la máscara más representativa de la presencia de la peste en Europa

Alvise Zen, un "medico della peste", escribe a monsieur d'Audreville unos años después de la epidemia que diezmó a la población de Venecia en dos oleadas sucesivas, en 1575 y en 1630.

"Excelentísimo monsieur d'Audreville, le contaré de aquellos días terribles solo porque estoy convencido de que sin memoria no hay historia y porque amar la verdad es nuestro patrimonio común. Y porque, el hecho de que tras el horror, aquella desgracia se transformara en una fiesta, más incluso, una de las más amadas jamás por los venecianos, me hace el recuerdo menos gravoso. Pero vayamos a los hechos.

Era 1630. Junto a las especias y a las telas preciosas, los barcos de La Serenísima transportaron también la muerte negra.

San Roque con el bubón en la pierna

¡Ah! mio caro amico, ni siquiera las guerras y las hambrunas ofrecían un espectáculo tan desolador. La República tomó inmediatamente una serie de medidas para detener la epidemia: se nombraron encargados de inspeccionar la limpieza de las casas, se prohibió la venta de alimentos peligrosos, se cerraron lugares públicos, incluso las iglesias. Solo podíamos circular libremente los médicos. Enfermeros y enterradores debían llevar un distintivo visible a larga distancia. Nosotros vestíamos un largo hábito cerrado, guantes, botas, y nos tapábamos la cara con una máscara de nariz larga y ganchuda y gafas que nos conferían un aspecto aterrador. Alzábamos las ropas de los enfermos con un bastón largo y operábamos los bubones con bisturíes largos como pértigas. Hombres y mujeres enfermos eran transportados a la isla del Lazareto viejo; las personas que habían estado en contacto con los apestados eran llevadas en cambio a la del Lazareto Nuevo para más de veinte días de observación cautelar. En una nave se había izado una horca para ajusticiar a los transgresores de las ordenanzas higiénicas y alimentarias. La peste mataba por igual a ricos y pobres. ¿Deseáis saber cuántos venecianos marcharon junto al Padre eterno? Ochenta mil, pensadlo, en diecisiete meses; doce mil en noviembre de 1630; en un solo día, el 9, fueron quinientos noventa y cinco. Ya no había quien sepultara los cadáveres. Por los canales pasaban barcas de las que salía el grito: “Quien tenga muertos en casa, que los tire sobre la barza”.

Las ropas del médico de la peste estaban enceradas para mayor protección, completadas por la máscara blanca cuya nariz se rellenaba con hierbas y especias que se pensaba que servían para evitar el contagio.

La peste negra

La peste negra que asoló Europa en el siglo XIV ha dejado un recuerdo que para muchos define un siglo muy bien contado en la obra maestra de la historiadora Bárbara Tuchman en "Un espejo lejano".

Hoy se abre camino la teoría formulada a mediados de los ochenta por el biólogo inglés Graham Tuig , de que aquello fue mucho más que la peste bubónica procedente de Oriente que llegó en pulgas a bordo de ratas negras. Nuestro invitado Xavier Xistach con sus dos libros sobre Insectos y hecatombes, ha estudiado la historia de las plagas con rigor y detalle.

La peste pronto fue plasmada en la pintura y los bubones que la definían se pintan en las representaciones de su patrón, San Roque. El cine introdujo a la peste también muy pronto, ya que la primera película donde se presenta es de 1919, pero será El séptimo sello de Bergman en 1956, quien la tomará como protagonista.

La plaga disparó la percepción de vivir en una sociedad tan pecadora que desafiaba a la bondad de Dios y aproximaba el día del Juicio Final. Los sentimientos más extremos se concretaron en un movimiento de penitentes que viajaban de pueblo en pueblo, plenamente organizado, para flagelarse en las plazas públicas. La jerarquía cristiana se sintió amenazada por este movimiento que proponía acabar con la intermediación sacerdotal y terminó con la condena de semejantes procesiones, aunque aceptando que era adecuado practicar en privado el castigo del dolor. algo más que el eco de la costumbre ha llegado hasta hoy en lugares como Filipinas o España. 

EL HIT MUSICAL DEL S.XII

Carlos López-Tapia

A partir del siglo XII la cultura cristiana tiene un canto para el día que todos esperan alcanzar: el día del juicio final. el texto en latín antiguo no tiene autor, aunque se citan varios hombres posibles como poetas,

Comenzando por un colega de Francisco de Asís. el dies irae, el día de la ira, se expande por toda Europa y dos siglos después de su creación es la pieza más popular en iglesias y catedrales, al ser además incluida oficialmente en las misas de difuntos por el concilio de Trento.

Un Dies irae fue una de las últimas composiciones de Mozart para su misa de difuntos, que fue también su última interpretación junto a varios amigos en la tarde del domingo 4 de diciembre de 1791. A medianoche

perdió el conocimiento. En pleno delirio, intentaba cantar frases del Réquiem; cerca de la una de la madrugada abrió los ojos un momento, sonrió débilmente y murió.

Día de la ira, aquel día

en que los siglos se reduzcan a cenizas;

como testigos el rey David y la Sibila.

¡Cuánto terror habrá en el futuro

cuando el juez haya de venir

a juzgar todo estrictamente!

La trompeta, esparciendo un sonido admirable

por los sepulcros de todos los reinos

reunirá a todos ante el trono.

La muerte y la Naturaleza se asombrarán,

cuando resucite la criatura

para que responda ante su juez.

Aparecerá el libro escrito

en que se contiene todo

y con el que se juzgará al mundo.

Así, cuando el juez se siente

lo escondido se mostrará

y no habrá nada sin castigo.

¿Qué diré yo entonces, pobre de mí?

¿A qué protector rogaré

cuando apenas el justo esté seguro?

Rey de tremenda majestad

tú que, salvas gratuitamente a los que hay que salvar,

sálvame, fuente de piedad.

Acuérdate, piadoso Jesús

de que soy la causa de tu calvario;

no me pierdas en este día.

Buscándome, te sentaste agotado

me redimiste sufriendo en la cruz

no sean vanos tantos trabajos.

Justo juez de venganza

concédeme el regalo del perdón

antes del día del juicio.

Grito, como un reo;

la culpa enrojece mi rostro.

Perdona, Señor, a este suplicante.

Tú, que absolviste a Magdalena

y escuchaste la súplica del ladrón,

me diste a mí también esperanza.

Mis plegarias no son dignas,

pero tú, al ser bueno, actúa con bondad

para que no arda en el fuego eterno.

Colócame entre tu rebaño

y sepárame de los machos cabríos

situándome a tu derecha.

Confundidos los malditos

arrojados a las llamas voraces

hazme llamar entre los benditos.

Te lo ruego, suplicante y de rodillas,

el corazón acongojado, casi hecho cenizas:

hazte cargo de mi destino.

Día de lágrimas será aquel renombrado día

en que resucitará, del polvo

para el juicio, el hombre culpable.

A ese, pues, perdónalo, oh Dios.

Señor de piedad, Jesús,

concédeles el descanso. Amén.

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