Sábado, 16 de Octubre de 2021

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Y las naves espaciales acabaron bailando 'El Danubio Azul'

Stanley Kubrick desestimó la banda sonora que había compuesto Alex North y utilizó música clásica para su película "2001: una odisea del espacio".

Y las naves espaciales acabaron bailando 'El Danubio Azul'

El 12 de abril de 1968 el compositor Alex North asistía a la premiere de la película “2001: una odisea del espacio”. No era un espectador cualquiera. El director Stanley Kubrick le había contratado para componer y orquestar la banda sonora de la película y el músico quería comprobar como encajaba su trabajo con las imágenes.

La pantalla mostraba un desierto hace cuatro millones de años. Un grupo de monos descubría la presencia de un extraño monolito negro. De fondo sonaba el tema “Así hablaba Zarathustra” de Richard Strauss. Alex North pensó que quizá aquello era una introducción musical elegida por Kubrick. Pero según avanzaba la película el compositor tuvo claro que su música no se escucharía en ningún momento del film. North se sentía dolido. No sólo porque él había compuesto una excelente banda sonora, sino porque Kubrick ni siquiera se había dignado a informarle de que no pensaba utilizarla en la película. El compositor abandonó el cine. Mientras, en la pantalla, la nave Orión volaba hacia la luna a los compases de “El Danubio Azul” de Johann Strauss.

El enfado de Alex North era justo pero nadie podía reprocharle a Kubrick la elección de música clásica para 2001 porque era todo un acierto. En pocas películas la simbiosis entre música e imágenes es tan perfecta como en ella. La música se convertía así en parte del guión mismo. Ver por ejemplo a las naves moviéndose por el espacio al ritmo de vals de “El Danubio Azul”, convierte la escena en un elegante ballet que resulta fascinante para el espectador. Kubrick tenía decidido que esa era la música ideal para la escena ya durante el mismo rodaje.

2001 significa en la filmografía de Kubrick el primer paso encaminado a controlar personalmente el apartado musical de sus películas. Hasta entonces diferentes compositores se habían encargado de las bandas sonoras de sus producciones. Es el caso, por ejemplo, de Alex North en “Espartaco” o de Nelson Riddle en “Lolita”. A partir de 2001 Kubrick se encargaría el mismo de escoger la música de sus films. El control total que buscaba con ello se extendería también con el tiempo a otros aspectos no cinematográficos como la promoción publicitaria, el doblaje a otros idiomas o la adaptación al formato video.

Como haría después en “La Naranja mecánica”, “Barry Lyndon” o “El resplandor”, Kubrick apuesta por la música clásica. En 2001 ésta aparece en dos vertientes. Por un lado la música clásica en su sentido tradicional. Es el caso de “El Danubio azul”, “Así hablaba Zarathustra” o del adagio del ballet “Gayane” de Aram Kachaturian que manifiesta la tranquilidad reinante en la nave Discovery. La pieza no puede ser más adecuada ya que en realidad es una canción de cuna y acompaña a las imágenes de los astronautas hibernados.

En un polo opuesto está la música clásica vanguardista y progresiva. La que aporta el compositor húngaro György Ligeti al que Kubrick volverá a utilizar años después en “El resplandor” y en “Eyes Wide Shut”. En 2001 escuchamos tres piezas suyas. La primera es el “Requiem” que acompaña las primeras imágenes de la película, las de El amanecer del hombre. Otra pieza experimental de Ligeti, la titulada “Lux aeterna”, sirve de leitmotiv musical a la presencia del monolito negro que va marcando los saltos evolutivos. Los ululantes cantos de Ligeti crean una atmósfera fantasmal que sobrecoge al espectador provocando en él una sensación inquietante. Finalmente otra pieza de Ligeti sirve de fondo al viaje más allá de las estrellas del astronauta Bownan, acompañando las fascinantes imágenes que son toda una explosión de luz y color. Su música ultramoderna es la más adecuada para insinuar esa sensación de vacio y de salto a lo desconocido.

Mientras la banda sonora de 2001 se celebraba en el mundo entero, la música fallida de Alex North se convertía en leyenda. Los pocos afortunados que la habían escuchado aseguraban que era una obra innovadora que podía hallarse entre las mejores de su creación. Muchas veces se dijo que Alex North pensaba convertirla en una suite de concierto y grabarla, pero nunca lo hizo, ya que se sentía humillado y muy dolido por el engaño de Kubrick. North falleció en 1991. Poco antes de morir encargó a su amigo Jerry Goldsmith que grabara la partitura y éste finalmente lo hizo, estrenándola en directo en un concierto celebrado en Sevilla en 1993.

Más que en una película “2001: Una odisea del espacio” se convirtió en un fenómeno cultural, marcando una frontera. Con el vuelo del Discovery la ciencia-ficción lograba su mayoría de edad, aunque más que una aventura espacial se trata de un viaje de iniciación mística, cuyo significado, como decía Arthur C. Clarke, el autor del relato que adapta la película, hay que buscarlo más allá de las estrellas.

“Así hablaba Zarathustra”, la pieza de Richard Strauss, reaparecía al final para poner un solemne punto y final a la odisea espacial. El niño-estrella, la nueva raza sobrehumana, regresaba a la Tierra con esta melodía de fondo abriendo las puertas al despertar de la sabiduría. Al fin y al cabo era el tema del misterio del universo y del papel que los hombres jugamos en él.

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