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Selma o el efectismo necesario

Primer biopic de Martin Luther King llevado al cine dirigido por Ava Duvernay y protagonizado por David Oyelowo

Es habitual que en los mítines políticos se perciba la intencionalidad retórica de intentar movilizar afectivamente a los oyentes, en lugar de hacerlo de una manera reflexiva. Es demasiado fácil ver el artificio, la estrategia de las sucesivas imágenes connotadas e invocaciones patéticas. Están los mítines, y luego están LOS MÍTINES, discursos con sentido de Estado, intelectualmente elevados y, por ello, emocionalmente potentes, como los del mitificado John Fitzgerald Kennedy, o los del mesiánico (reverendo, para más inri) Martin Luther King, que se creía lo que decía, porque las palabras eran su única fuerza, con la que luchar en unos años 60 muy complicados en general, y para los afroamericanos en particular.

La cinta se centra en los acontecimientos que tuvieron lugar en Selma hace 50 años. Narra la marcha desde la ciudad de Alabama hasta Montgomery en pro del derecho a voto. Destaca la secuencia del primer intento, cuando la policía frenó a más de 600 personas en el puente Edmund Pettus (hoy símbolo de la lucha de los derechos civiles), propinándoles una brutal paliza, cuya emisión televisiva concienciaría a medio mundo.

En Selma no hay dobleces. La película persigue guiarnos por una trayectoria emocional absolutamente manipuladora. Es decir, la sucesión de situaciones de injusticia racista presentadas en la película sin cesar hace que te posiciones incondicionalmente en favor de la causa que persiguen sus protagonistas. Todo ese mal infligido a los negros, desde el comienzo de la cinta, desde la mujer a la que no dejan censarse para votar, o la explosión que mata a cinco niñas, te alinea en un odio irracional hacia los blancos implacables y xenófobos que aparecen en la obra (casi todos). Consigue situarte en el vórtice de esa injusticia, sentir la impotencia y la frustración, revolviéndote en el asiento. Ese maniqueísmo, el efectismo campante, en cierto modo puedes entenderlo, porque ¿hasta qué punto un afroamericano pobre en los años 60 no vivió ese infierno cada día? La trampa está ahí. Ese maniqueísmo, a su vez te lleva al deseo de venganza, al deseo del uso de la violencia por parte de los protagonistas, que mitigue todo ese infierno cruel del que estamos siendo partícipes. Pero entonces aparece King poniendo la otra mejilla, y luchando pacíficamente, por el camino más loable, y de pleno surge nuestra admiración y veneración. Durante el visionado, todo esto hace que uno no deje de plantearse que está siendo embaucado y emocionalmente manipulado, ojo no por el mensaje político, no, sino por la estructura emocional y moral de la película.

Duvernay propone una dirección sin manierismos ni grandes exhibiciones de estilo, tal vez por respeto al contenido, porque la forma no prevalezca. Y así, a Selma le falta brillo, carece de elegancia, de poder expresivo. Se echa en falta personajes más redondos, más complejos, con dobleces. Destaca el actor David Oyelowo, y sus discursos emulando a King, de hecho lo más estimulante de la cinta. Pero, independientemente de si la película funciona o no (que no), desde luego era necesaria.

 

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