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Domingo, 31 de Mayo de 2020

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Prokofiev-Einsestein, un tándem de genios para un clásico del cine ruso

El gran compositor soviético puso música a “Alexander Nevsky” una de las obras maestras de Eisenstein.

Prokofiev-Einsestein, un tándem de genios para un clásico del cine ruso

Era el año 1936. En la Unión Soviética la revolución obrera había dado paso a la dictadura de Stalin. Mientras tanto la amenaza nazi se cernía sobre Europa. Fue entonces cuando el dictador ruso pidió al director más importante de la Unión Soviética, Sergei Einsestein, y al mejor compositor, Sergei Prokofiev, que unieran sus esfuerzos para realizar una película que pusiera de manifiesto el peligro de una invasión alemana. De paso debía exaltar la figura del líder, al que el pueblo debía obedecer para que le condujera por el buen camino. Einsestein y Prokofiev recurrieron entonces a la historia de Alexander Nevsky, un príncipe medieval que consiguió derrotar a las huestes germanas que avanzaban sobre Rusia. A pesar de su ideología propagandística “Alexander Nevsky” se iba a convertir en una de las grandes películas de la historia del cine y, desde el punto de vista musical, en una de las partituras más estudiadas por su perfecta sincronización entre música e imagen.

Tanto Eisenstein como Prokofiev eran hijos pródigos que habían regresado a la Unión Soviética pocos años antes. El músico había vivido 13 años en varios países europeos antes de que la insistencia de sus compatriotas le convenciera para regresar. A lo largo de su carrera este gran compositor de música clásica creó una decena de partituras para el cine, entre ellas ésta y las dos partes de “Iván el terrible” que también dirigió Eisenstein. Por su parte el director también había regresado a la U.R.S.S. tras su intento fallido de triunfar en Hollywood y de su estancia en Méjico donde había rodado la película “Qué viva Méjico” con muchos problemas.

Durante los dos años que duró el rodaje de “Alexander Nevsky” Eisenstein y Prokofiev trabajaron en estrecha colaboración, con la misma afinidad que el compositor de una ópera y su libretista. Ambos trabajaban de igual a igual ya que consideraban que la película era obra de los dos. En ciertas secuencias la música fue escrita después del montaje, pero hay otras en las que los planos fueron montados siguiendo la pauta de la música ya grabada. Así explicaba Eisenstein en sus memorias la forma de trabajar de Prokofiev: “La sala está oscura pero no hasta el punto de que el reflejo de la pantalla me permita distinguir sobre los brazos de la butaca las manos de Prokofiev. Agitándose como un manipulador de morse, los largos dedos del compositor brincan sobre los brazos del asiento. ¿Prokofiev tamborilea la medida? No, lo que está haciendo es traducir en ritmo la estructura de la escena. En cualquier caso, que Dios me guarde de dirigirle la palabra en ese instante. Finalmente dice, “Ya está listo, ¿vemos otra escena?”. Así de fácil. Me esfuerzo en adivinar cómo se las arregla para atrapar tan bien en una o dos proyecciones fugaces la tonalidad afectiva y el ritmo de una secuencia. No lo sé. Sólo sé que al día siguiente Prokofiev me traerá una música que será el contrapunto perfecto de la imagen visual.”

La acción de la película transcurre en el siglo XIII. Los caballeros teutones arrasan a sangre y fuego la ciudad rusa de Novgorod. Es entonces cuando el pueblo recurre al príncipe Nevsky que tiempo atrás ya había derrotado a los suecos. En la partitura de Prokofiev tienen gran importancia los himnos y cánticos. Estas canciones sustituyen muchas veces a los diálogos. Es el caso, por ejemplo, de las escenas en las que los soldados del príncipe van por las aldeas reclutando campesinos para formar un ejército. El coro guerrero canta apelando al patriotismo: “¡Levantaos en armas, pueblo de Rusia. La batalla es justa. Levantaos pueblo bravo y libre, defended vuestra patria. Defendedla y ofrendad vuestras vidas. Levantaos para proteger vuestros hogares y vuestra tierra rusa. Ningún enemigo debe pisarla, ningún ejército podrá invadirla. Sus caminos están cerrados para armas hostiles!”

La parte más famosa de la película es sin duda la batalla en el hielo. Las tropas germanas y las rusas combaten sobre un lago helado. Prokofiev ilustra los primeros momentos de la lucha con una música de tono amenazador y dramático. Según se va imponiendo el empuje de los rusos la música adquiere un tono más dinámico, hasta que los alemanes huyen a la desesperada. Es entonces cuando, debido al peso de sus armaduras, el hielo se resquebraja bajo sus pies. Las percusiones ponen fin a la batalla y los invasores perecen hundiéndose en el agua. La música entonces nos ofrece una alegre melodía de victoria.

Otra de las secuencias más recordadas de la película llega tras la batalla, en el silencioso campo nevado repleto de cadáveres. Una mujer busca entre los heridos a los dos amigos a los que prometió su mano para el que demostrara más valor en la contienda. Una hermosa melodía pone fondo sonoro a la escena como si se tratara de un lamento por los guerreros caídos.

La película sufrió un grave revés cuando Stalin firmó el tratado de no agresión con Hitler. Su estreno fue cancelado. Sin embargo cuando los nazis invadieron Polonia y la guerra estalló, el dictador soviético ordenó su proyección inmediata. Eisenstein consiguió con ella muchas más simpatías que las que había logrado años atrás con películas como “La huelga” o “El acorazado Potemkin”. La película fue también un rotundo éxito fuera de la Unión Soviética, consagrando definitivamente a su director como uno de los grandes cineastas de todos los tiempos.

En cambio la banda sonora de Prokofiev se vio perjudicada por la mala tecnología de grabación disponible en aquella época en Moscú. Lo que sonaba en la pantalla no era más que una sombra de lo que el músico había compuesto, por eso Prokofiev decidió adaptarla en una cantata para coros y orquesta que pronto se convirtió en una de las piezas más celebradas de la música clásica del siglo XX. No fue hasta los años 90 cuando se encargó una nueva grabación de la banda sonora a cargo de la Filarmónica de San Petersburgo. Después vendrían otras. Nuevas grabaciones que hacían por fin justicia a una de las partituras más relevantes de la historia del cine.

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