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Cuando París hizo llorar a Hingis

La precoz tenista suiza sufrió una dolorosa derrota ante Steffi Graf de la que nunca se pudo recuperar

Martina Hingis llora desconsolado junto a su madre y entrenadora, Melanie Molitor. /

Amanece en París. Es 5 de junio de 1999, el día de la final femenina de Roland Garros. La expectación es máxima antes de uno de los grandes duelos del circuito WTA. Steffi Graf, la tenista con más Grand Slams en la Era Abierta -21 trofeos- se enfrenta con 30 años a la mejor oportunidad que le queda en su carrera para engordar su gran palmarés, vacío de majors desde 1996. Su rival es Martina Hingis, la niña bonita del tenis, la número uno más precoz de la historia y la gran dominadora de finales de la década de los 90.

La eficacia germana ante el talento suizo. La solidez y el privilegiado físico de Graf frente a la imaginación y el toque de Hingis. Una tenista veterana, acostumbrada en otro tiempo a ganar, colisionando con un tren con rostro adolescente, sonrisa angelical y mentalidad de gran campeona. "Steffi tuvo buenos resultados en el pasado pero ahora el juego es más rápido y atlético. Es vieja ya. Su tiempo ha pasado". Martina, no tenía pelos en la lengua y sus declaraciones no parecían pasarle factura.

El camino de Hingis hacia la final fue exigente pero tampoco demasiado duro. Amelie Mauresmo, decimoséptima raqueta del mundo por aquel entonces, fue su rival en segunda ronda, pero la suiza de origen eslovaco consiguió derrotarla en dos parciales (6-3 6-3). Por el camino también cayeron la holandesa Hopmans, la checa Peschke, la rumana Dragomir Ilie y la austriaca Schwartz.

En semifinales empezaba realmente su torneo. Arantxa Sánchez Vicario representaba una amenaza enorme, no sólo por ser tricampeona del evento y vigente campeona en París durante esa edición, sino sobre todo por ser una verdadera especialista en la superficie. Iva Majoli y Monica Seles, las dos últimas tenistas que habían vencido a Hingis en la arcilla de Roland Garros, no se desenvolvían ni de lejos tan bien como la guerrera española en el polvo de ladrillo.

A pesar del caché en tierra batida de Sánchez, Hingis era muy favorita. Había vencido en nueve de los diez duelos disputados ante la española, el último semanas antes en el WTA de Berlín, y le tenía tomada la medida a la campeona de Roland Garros de 1998, y la combativa Arantxa sólo pudo amarrar cinco juegos. Steffi esperaba en la final. Ocho encuentros entre ambas, dos triunfos para Martina, una de ellas en ese mismo 1999 y otra en arcilla. Las derrotas llegaron cuando Graf estaba en su apogeo y la suiza empezaba a destacar como jugadora a tener en cuenta en el futuro. Las espadas, por tanto, estaban en todo lo alto.

La final pareció enseñarle a Graf que el tiempo no pasaba en balde. Hingis dominaba con comodidad por 6-4 y 2-0. Sirviendo la germana, el resto de derecha de Martina es cantado como malo por la juez de silla. La joven suiza se enzarza a discutir con la árbitro y el público parisino, a veces vehemente, la tomó con la niña prodigio, que fue sancionada con un punto por pasar de su campo al de Steffi para mirar la marca de la bola. Tras el incidente, la grada local empezó a corear el nombre de Steffi y el partido, poco a poco, comenzó a virar.

A pesar de lo ocurrido, Hingis llegó a servir para el título con 5-4 y quince iguales. Steffi Graf se sacó un gran passing shot que deja clavada en la red a la tenista de Kosice. Sin saberlo, Martina acaba de capitular. Graf le da la vuelta al partido (3-6, 7-5 y 6-2) ganando su Grand Slam número 22. Hingis no volvió a ganar ningún major en modalidad individual.

A día de hoy, a punto de cumplir los 35 años y tras una convulsa carrera deportiva con dos retiradas incluidas, la suiza sigue ganando torneos grandes, aunque sea en dobles y mixtos junto a Sania Mirza y Leander Paes, pero la imagen que define su carrera es esa de Martina llorando desconsolada en la entrega de trofeos de Roland Garros mientras su madre y entrenadora Melanie Molitor, intentaba sin éxito tranquilizar a su hija. 5 de junio de 1999. Ese fue el día en el que París hizo llorar a una gran campeona.

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