Rabo de mármol
Esta semana la Tana, el 'alter ego' de Celia Blanco, fantasea (o no) con la juventud...de otros


Madrid
Que venga. Que tenga los santos cojones de plantarse aquí delante y mirarme a la cara. Que me haga creer que da lo mismo que me tiña el pelo cada cinco semanas, que me machaque en pilates y corra un día a la semana con la excusa de que claro, como tengo el tiroides a por uvas no genero suficientes endorfinas. Endorfinas a mí. Endorfinas las que me provoca el niñato este de mierda calentándome cuando coincidimos en la máquina del café. 35 céntimos cuesta cada uno. Uno a las diez y media de la mañana y otro a las tres menos cuarto de la tarde; nos tenemos cogida la hora… Todo para que me diga el de la melena al viento cuatro idioteces de esas que adoro escuchar: “¡Qué bonitas son esas botas con la punta de piel de serpiente!”, admite, “Me las regalaron mis amigos cuando cumplí cuarenta” aclaro sin tener por qué.
Y va y lo suelta. Tuvo que decirlo. “¡A ver si yo tengo tanta suerte! Me quedan quince años para convencerlos”.
Quince años.. ¡Madre mía! Si las botas tienen ya tres años eso significa que te saco dieciocho nocheviejas… Y a mí solo me apetece que te plantes delante de mí, me agarres la quijada, me des uno de esos besos de película y con la mano que te queda libre me agarres el culo para que no me escape. Si no me quiero escapar… Si me quiero quedar... Si yo lo que quiero es no recordar que no conoces a Naranjito ni que tenías tres años el día que se inauguraron los Juegos Olímpicos de Barcelona. Vi poco de la ceremonia en televisión.. Estaba en casa de un novio y claro que me emocioné cuando Antonio Rebollo prendió el pebetero con aquel lanzamiento que hizo contener el aliento a todos pero oye, Pablo, que así se llamaba mi novio, me estaba comiendo algo más que los muslos en aquel salón de piso compartido…
Mi emoción no la provocó aquel arquero; yo gemía porque aquel novio de la facultad tenía el dedo corazón enorme, duro y grueso. Y tenía especial predilección por metérmelo hasta dentro cuando me lo comía…
Pedidle cuentas a él todos los que llegasteis después...
Estoy segura de que tú, jovencito mío, ni siquiera ibas aún a la guardería cuando yo compaginaba los exámenes de libertades públicas con mis libertades impúdicas… Pero qué le vamos a hacer, la vida no es tan cruel.
Más me valdría aprender de mi amiga La Rubia que se junta con ciervos jóvenes aspirantes a ser alfa de los que agarran su culo con saña.
Así lo agarran los que tienen el rabo de mármol.
Yo también quiero.




