Abrazarse a un delfín
"...anoche fue otra cosa. El muchacho en cuestión es el hijo de una conocida..." Nuestra oyente Ana García Huerta estrena la sección de relatos eróticos. ¡Bon apetit!


Madrid
Respeto y consumo la carne la madura. La mía lo es y sé de pieles trabajadas por décadas de caricias y apretones. Me siento cómoda con hombres de mi edad que compensan de largo la pérdida de tersura con la sabiduría táctil, que no han perdido el vigor y lo aderezan y refuerzan con una virilidad llena de historia.
En mi agenda poliamorosa también importa el microrromance con hombres más jóvenes. Hermosos ejemplares de macho ya templados. Muy hábiles y muy capaces y bien divertidos y estimulantes fuera del catre.
Hoy escribo esto para recordarme cuál es mi patio de recreo natural, cuáles mis cuatro esquinas y medito sobre añadir una categoría más a mis habilidades. A saber: los cachorros. Sucede rara vez pero sucede que me encuentro encerrada en el baño de un bar con el vestido levantado y embestida desde detrás mientras me agarran del pelo (un aliciente de la melena) y un desconocido 20 años menor me eleva a un cielo estridente de manos rápidas y sacudidas feroces.
Es sorprendentemente fácil. Solo hay que sostener la mirada, acechar y emboscar en el baño. Alguno de esos safaris rápidos a veces se prolonga fuera de su ecosistema y se repiten en mi cama. Virilidad estallante. Agradabilísimo.
Pero anoche fue otra cosa. El muchacho en cuestión es el hijo de una conocida. No llego a decir amiga pero si nos tratásemos más lo seríamos. Brava la tipa. Listísima y buena. Y divertida a morir. Una de las fuerzas vivas del crapulerío de mi radio de acción. Al chico me lo suelo encontrar en el supermercado y nunca nos paramos a hablar pero me sonríe y saluda con un guiño. El otro día observaba distraída el muy molón caminar y la más molona estructura de un tipo que se acercaba a mí a contraluz. Solo me dí cuenta de que se trataba de él al llegar a mi altura. Cómo está el cachorro, pienso. Y qué absolutamente fuera de mi universo lúbrico.
Pero….
Anoche aparecieron madre e hijo en el bar en el que andaba. Charlaba con mi camarero favorito, que ha vuelto a estar detrás de la barra tras meses de ausencia y que sí entra en ese universo lúbrico. Él era mi misión de la noche. Mi camarero de sonrisa comestible y brazo tatuado. Si espero a que cierre el local sabremos dónde ir. En su etapa anterior en el bar tonteamos lo más grande pero desapareció de un día para otro. Hoy podría ser. Eso me ha dicho mi amigo del alma cuando hemos entrado y lo ha visto tras la barra.
-Ha vuelto Víctor. Esta noche follas, hija de puta.
Pues esta hija de puta que lleva un rato sembrando con el camarero pródigo pierde el paso cuando se da la vuelta y justito aparece el cachorro en cuestión con otra sonrisa comestible y una mirada que podría aparecer en el diccionario de la RAE como acepción de pícara.
Sé su nombre aunque no sé si él sabe el mío.
Lo sabe.
Y me planta dos besos y le digo que está más delgado -que es verdad- cuando lo que pienso es que sobre todo está hecho un tío. Parece gustarle.
Y la noche se desarrolla bajo los mandos de mi amigo del alma que es como una luz para las polillas y atrae a todo el público a nuestra estela. Somos un grupo variado que se junta y desjunta y a mi amigo le sale una competencia muy igualada en el muchacho, que esta noche está sembrado de simpatía y dominio. Un joven ciervo firme aspirante a ser un alfa de cuidado.
Aparece un tercero, uno de los guapos oficiales del barrio. Joven también, aunque ya supera los treinta, que me saluda y se acopla a mi lado. Lo registro como un lastre para mis propósitos. Tengo que estar atenta para zafarme como presa porque no quiero serlo. Esta noche es el instinto de caza el que ya se ha puesto en marcha y no para de emitir vibraciones hacia el joven ciervo que, además, se ha quitado la chupa y luce unos brazos de catálogo de dibujos italianos del XVI.
No sabe lo que está haciendo. Ya se han puesto en marcha sin vuelta atrás unas ganas inmensas de morder esos brazos que actúan solas y son recogidas y contestadas con miradas prolongadas y sonrisas de lado.
Mi amigo del alma pliega velas porque está cansado y me insta a quedarme.
-Tienes hecho lo que quieras, yo me largo y ya me cuentas mañana.
El tercero en discordia parece interpretarlo como vía libre y me ancla a su lado poniéndome una cerveza en la mano. Oooooh. A ver cómo salgo de esta.
Pues salgo porque el cachorro me agarra por la cintura y yo a él y dice:
-Ella es mía, mientras baja la mano hasta mi culo y lo agarra con saña.
Y yo le beso en la mejilla y el beso se trasforma en un morreo como si lo llevásemos haciendo años. Pero se va.
La charla con mi pretendiente no deseado me aburre y me escapo al baño. Mi camarero me mira con cara de “no me estás dando hoy muchas oportunidades”.
Me retoco sin prisa y cuando abandono el baño él está saliendo del de tíos. Cruce de miradas. Sin palabras. Me atrae hacia él y nos besamos con furia. Labios y lengua ávidos y suaves. Nuevos labios cálidos y también frescos y hambrientos.
Entramos en el cuartito y él echa el pestillo y empiezo a hacer lo que llevo toda la noche deseando: tocarle. Tocar un cuerpo pétreo y terso trabajado en gimnasio de barrio. Pectorales, brazos, su cuello, un culo duro perfecto y un rabo como el mármol.
Él también hace lo suyo y me baja los tirantes del mono (prenda incómoda para follar) y me saca las tetas del sujetador y las sopesa y las chupa y me da la vuelta y cuando siento mi mejilla contra la puerta del baño es cuando me digo, ya está, y me sonrío y siento una polla rígida y ancha entrando en mí.
Putada. Porque se apaga la luz y no podemos encenderla desde dentro y yo quiero vernos pero da igual porque me libro de él y me arrodillo para meterme esa gloria hecha carne en la boca y sentir su hombría apoyada en mi lengua mientras lamo y succiono.
Él me alza para volver a penetrarme mientras me acaricia por delante y me embiste y me pide que me vaya con él a su casa aunque sé que no voy a poder porque ya estoy tardando en regresar a mi propia casa donde dejé a mi hija con un par de amigos en una fiesta de pijamas adolescente. Me dieron “permiso” para salir un rato, encantados de perder de vista a una madre y estar a su aire…pero se me está yendo la mano.
Si fuera mi fin de semana libre no iría a su casa. ¿Su casa?¿Pero no vive con su madre? Su madre. Que está ahí afuera. Lo llevaría a mi cama de 1,60x2,00 y no le permitiría salir hasta el domingo.
Ahora que el placer se está consumando aparece también el deber pero aquí estoy, follando bien duro en un baño a oscuras con la presa más apetecible y perfecta. Con ese mismo ser que me ha puesto en estado de alerta y voluntad inconsciente desde que apareció con esa picardía y esa seguridad del que se sabe bien dotado.
Pétreo, terso y suave. Como abrazarse a un delfín.
Ana García Huerta




