El santo coño de su vida
Esta semana, 'La Tana', recuerda su etapa más voluptuosa


Madrid
Con mi embarazo me llevé reguleras. Encajé más mal que bien los cambios en mi cuerpo; que hubiera aparecido la panza sin más habría sido mucho más llevadero, pero aquello de perder la cintura, los tobillos de elefanta y los brazos de camionera me gustaron poco. Hasta que no explotaron mis tetas y se convirtieron en aquella preciosidad de delantera no encajé que iba a ser madre. La 120 de pecho compensaron en mi caso todos los kilos de más, uno detrás de otro.
Me puse jamona y muy rica.
Así me sentí gracias a que en mi casa el tipo que me había hecho aquel estropicio no dejó ni un solo instante de desearme. Se partió de risa cuando me puse lo suficientemente gorda como para que más de uno pensara que me había echado a perder. “Cosas de tener marido”… El supuesto marido siguió saliendo todas y cada una de las noches que le dio la santa gana; incluso al final, cuando yo ya había pasado de las 176 libras. Que sepan que lo digo en libras solo por la perversión de que tengan el interés en saber hasta dónde se disparó mi báscula.
Me salieron manchas en la cara, se me cayó el pelo, los labios se me hincharon hasta hacerme parecer recauchutada y me cambió el rictus de la cara a desagradable. Cada vez que el alien se movía en mi tripa, siendo hijo de quien era, me golpeaba cualquier órgano vital que pudiera. Me recuerdo tirada en el suelo suplicando que dejara de estirarse porque moría asfixiada…
Eso y follando cada vez que me daba la gana…Así también me recuerdo.
El sexo fue igual de salvaje, tierno o de trámite como lo había sido siempre. Solo que le pusimos literatura. La que reportaron mis hormonas a flor de piel que me hacían gritar de placer cada vez que me ponía a cuatro patas para que no sufriera el heredero y clavármela bien. Le pusimos a aquel embarazo cansino y agotador polvos a hurtadillas en mitad del salón, comidas de sendos sexos de esas que solo ves en internet y posturas que ya desearía cualquier realizador de cine porno…
En aquellas 37 semanas de embarazo jamás me sentí fea. Eso nunca. No tenía ninguna posibilidad; me llené de vida y de pollazos. Todos y cada uno de los que me plantaron por guapa, por linda, por gorda, por atreverme a ser la madre de su hijo y sobre todo por obligarle a él a que siguiera viéndome el resto de su vida como lo único que quería ser: su chica.
El santo coño de su vida




