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Domingo, 25 de Agosto de 2019

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“No se puede vivir con rencor”

SÁBADO 10:00H. De prisionero en Auschwitz a juez de la Corte Internacional de Justicia. Charlamos con Thomas Buergenthal.

A su llegada al campo “E” de Auschwitz cientos de agentes de las SS custodiaban el lugar. Una vez dentro les ordenaron formar una fila y arremangarse. Cuando llegó su turno, sin apenas darse cuenta, un hombre le tatuó una cifra en su brazo izquierdo: “B-2930”. En aquel momento perdió su identidad para convertirse en un número. Hoy día ese tatuaje permanece en su brazo, forma parte de él, le ayuda a no olvidar todo el horror que le tocó vivir. “Hoy día lo muestro orgulloso, es un número de honor”.

Thomas Buergenthal a los tres años de edad en Lubochna (1937)

Por los micrófonos de A Vivir que son dos días ha pasado Thomas Buergenthal, juez de la Corte Internacional de Justicia. Nacido en 1934 en Lubochna (antigua Checoslovaquia) creció en el gueto de Kielce, Polonia, sobrevivió a los campos de exterminio nazis de Auschwitz y Sachsenhausen y a la terrible Marcha de la Muerte en 1945. En 1951 emigró a Estados Unidos para especializarse en derecho internacional y derechos humanos en la Universidad de Nueva York y en Harvard. Desde el 2000 es el juez estadounidense de la Corte Internacional de Justicia, el principal órgano judicial de las Naciones Unidas integrado por quince jueces de todo el mundo. Su pasado inspiró su futuro profesional: “Quienes sobrevivimos al Holocausto tenemos la obligación de apoyar todas las medidas que sean necesarias para evitar prácticas que ocasionen genocidios, ocurran donde ocurran”. Los campos de concentración le convirtieron en un luchador que siempre buscó la justicia y el respeto de los derechos humanos.

Allí vivió lo peor: torturas, muerte, hambre… “Nos despertaban muy temprano y nos hacían ponernos en fila para darnos un líquido parecido al café acompañado de pan negro. El pan a menudo estaba mohoso y las rebanadas eran muy pequeñas. Por las tardes nos servían la otra comida del día que consistía en una aguada e insípida sopa de nabo. Cualquier protesta derivaba en una paliza”. Aquella fue la dieta de Buergenthal durante mucho tiempo. Era cuanto les daban de comer. Junto con el hambre el frío también vencía física y mentalmente a los prisioneros, muchos de ellos sufrían alucinaciones, “parecían estar viendo fantasmas o monstruos”.

La familia Buergenthal en Zilina (1939)

Nuestro invitado perdió a su padre en Auschwitz. Mundek Buergenthal veló por su hijo día y noche para que no le mataran. Poco después de su llegada al campo observó el método de las selecciones rutinarias y comprobó que los niños eran quienes corrían mayores riesgos así que ideó una estrategia para burlar a los guardias. Cada mañana, en el momento de formar filas, Thomas siempre se quedaba al final, muy cerca de la entrada al barracón. Después del habitual recuento, si se producía la selección, procuraba escabullirse en el interior del barracón. Aquella estrategia le salvó varias veces y nunca le descubrieron. De su padre recuerda sobre todo su valentía y buen humor: “Nunca les des a entender que les temes”, le solía decir.

El reencuentro con su madre se produjo el 29 de diciembre de 1946, dos años y medio después de que los separaran. Un buen día, cuando Thomas se encontraba jugando al fútbol, la directora del orfanato donde estaba le entregó una carta que empezaba así: “Mi querido Tommyli”. Inmediatamente reconoció la letra de su madre, en ese momento supo que continuaba con vida. Empezó a reír y llorar a la vez. Fue el día más feliz de su vida. Recuperaba a su madre, podía volver a ser niño otra vez.

Han pasado más de setenta años y hoy afirma con serenidad: “Cuando me liberaron sentí mucho odio, con el paso del tiempo me he dado cuenta de que no se puede vivir con rencor”.

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