Jueves, 21 de Octubre de 2021

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La llamada de la historia

Houdini, el gran escapista

Hace noventa años que ya no estoy en el mundo. Hace también noventa años que no puedo cumplir lo que había pactado con mi mujer. Una lástima pero no pude. Mantengo el misterio, mantengo la leyenda, a pesar de llevar casi un siglo ya en el otro mundo. Pero no he podido cumplir mi código pactado.

Mi vida no empezó fácil: en mi familia había que echar una mano y las maneras en mi caso pasaron por vender periódicos y limpiar zapatos. Era un niño curioso y la vocación, si se le puede llamar así, me llegó cuando mi padre me llevó a ver un espectáculo de magia. Desde entonces, me dediqué a investigar, a leer, y a meterme de alguna manera en ese mundo que reclamó toda mi atención.

Mis inicios artísticos fueron en un circo. Era un niño pequeño pero me fui de gira durante un año aprendiendo a manejar mi físico. Cuando regresé a casa, mi casa ya no estaba en Hungría, que era mi país de origen, mi país de nacimiento. Estaba en Nueva York, al otro lado del mundo prácticamente, a donde habían trasladado a mi padre, que era rabino.

Del trapecio a la natación y de fondo, siempre la magia. Devoraba todos los libros que caían en mis manos. Pero usé lo uno para lo otro: mi fuerza física ayudó a que pudiese empezar a mostrar distintos números de magia, porque en el cuerpo, en lo físico, está la base para todo.

Las lecturas, el conocimiento, hicieron que tuviese una buena base teórica también, y una buenísima biblioteca que fui elaborando poco a poco. Lo que me llevó a la obsesión, además de mejorar y retocar y aguantar cada vez más en cada uno de los números que me hicieron famoso, lo que realmente me hizo dedicar mi vida a algo fue la muerte de mi madre.

Amaba a mi madre sobre todas las cosas, tenía un apego que hizo que su muerte fuera el suceso más trágico y difícil de superar de toda mi vida…

Intentaron ponerse en contacto con ella a través de sesiones de espiritismo y esto me molestó tanto que dediqué toda mi vida a mostrar la realidad de la psicología del engaño, a mostrar la diferencia entre mis trucos de magia, de escapista, mis números físicos de los que nunca mostraba el secreto pero con los que nunca engañé a nadie, frente a los llamados médium que se dedicaban a hacer creer a la gente que sus muertos se ponían en contacto con ellos cuando todo era un fraude. Escribí artículos y denuncié sus trucos.

Y mientras tanto, seguí a lo mío: saliendo de cajas, apareciendo en el lugar de otra persona dentro de un baúl, bajo el mar, colgado de rascacielos…En la metamorfosis donde me cambiaba con una chica, que era mi ayudante, fue donde me enamoré de ella, de mi ayudante, que enseguida se convirtió en mi mujer. Le prometí un código para comunicarme con ella tras mi muerte en un plazo de diez años: no pudo ser, como les decía al comienzo: van noventa.

Mi truco estrella fue darme a conocer. Cuando llegaba a una nueva ciudad, con pretensiones de hacer un espectáculo, iba directo a la policía, y llevaba conmigo a la prensa, para contar qué era lo que pretendía conseguir. Me daban espacio en sus periódicos y quedaban a la espera de que consiguiese desatarme de las esposas. Era una bonita manera de darme a conocer y de hacer sentir curiosidad a las personas de esa ciudad, una buena forma de que quisieran venir a ver qué hace el mago.

Nunca desvelé mis trucos, más allá de uno básico: el entrenamiento. Me ponía a diario una bañera con hielo para así, cada día, aguantar un poquito más bajo el agua fría. Mi relación con el agua bien podría haberla reflexionado un buen psicoanalista: casi muero ahogado en el río cuando contaba con siete años. Y todos mis grandes trucos tenían como base la inmersión en agua.

Mi madre siempre venía a verme. A pesar de los sustos, que en ocasiones consistían en alguna que otra fractura. Seguro que me recuerdan boca abajo, con los pies atados, en la que denominé Cámara de Tortura China. Tuve que inventar pero también registrar mis números de magia, porque en la época era muy común el plagio. Éramos tremendos.

Entre los magos copiándonos unos a otros y los espiritistas inventando, así apareció mi conflicto con sir Arthur Conan Doyle, que era muy amigo mío pero demasiado creyente en lo paranormal. Y de paranormal, no hay nada, hay trabajo físico y cortinas que tapan baúles. Y algo de habilidad.

Nada más. O nada menos.

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