Miércoles, 03 de Junio de 2020

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LA LLAMADA DE LA HISTORIA

María Moliner

Autora del Diccionario del Uso del Español

La educación es la base del progreso: considero que leer es un derecho incluso espiritual.

Estoy segura de que parte de mis creencias, en la libertad que dan los libros, en las posibilidades que ofrecen y en las aportaciones que nos dan, es consecuencia de la sabia decisión de mis padres. Cuando llegamos a Madrid, desde un pueblo de Soria adonde habíamos llegado desde un pueblo de Zaragoza, mis padres nos matricularon en la Institución Libre de Enseñanza, un lugar del que se ha hablado ya aquí, lo sé porque lo he escuchado, y donde había tan grandes profesionales como Américo Castro, quien hizo que esta mujer, entonces niña, mostrase ya interés por la lingüística y la gramática.

Mi padre era médico rural, y en uno de sus viajes a América, se quedó allí, dejando de lado a mi madre y a nosotros, tres hijos. Así que a mi madre le pareció buena idea regresar a Aragón, y empezó entonces mi vida dedicada a múltiples tareas, entre ellas, dar clases particulares para sacar algún dinero para la familia, que se acababa de quedar coja de un pie.

Antes del traslado, hice la primera parte del bachiller en Madrid, y concluyendo ya después en Zaragoza. Fue ya en mi tierra donde me formé en el Instituto de Filología de Aragón. Luego me licencié en Historia, no por nada en particular, más allá de que era la única especialidad existente por aquel entonces en la Facultad de Filosofía y Letras de la cuidad. Máximas calificaciones y premio extraordinario, no lo contaría sino fuera para decir que lo mismo exactamente obtuvo mi hermana pequeña.

Cuando llegaron las oposiciones, el nombre era tan largo que una parecía como si no supiese dónde se metía. Nada más lejos de la realidad pero es que se llamaba el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos y que significó mi periplo por España: Simancas, Murcia y Valencia. Fue precisamente en Murcia donde mi vida dejó de ser exclusivamente de estudiante para pasar a ser una mujer interesada también por la vida personal. Conocí a Fernando cuando era un joven recién licenciado, con unas ideas similares a las mías, y la boda se celebró pronto. Nacieron dos hijos en Murcia y dos en Valencia. En Murcia adquirí uno de esos títulos que aparecen en las biografías y que tanto gustan: fui la primera mujer que impartió clase en la Universidad de Murcia.

Me detengo para destacar aquí una década muy buena, enfrascada en la política bibliotecaria nacional. Escribí además varios textos sobre la importancia de las bibliotecas rurales, y reflexioné sobre las pequeñas bibliotecas, sobre las bibliotecas escolares. La importancia de las pequeñas cosas.

Porque las grandes, especialmente los palos, vienen casi solos. Tras la derrota del bando republicano en la Guerra Civil, mi marido y yo vimos como cambiaba nuestra vida. Él fue apartado de su cátedra y yo trasladada, significando este traslado bajar dieciocho niveles en el escalafón del cuerpo de nombre largo del que antes hablamos.

Pasaron unos años de retiro interior: no nos fuimos de España, nos quedamos dentro de un país cambiado y roto. El exilio interior, dijo hace poco una escritora sobre nuestra vida. La verdad es que nuestras ilusiones, nuestros proyectos, se vieron truncados por esta guerra. Especialmente, nuestra idea, nuestro ideal basado en que la cultura debía llegar a todo el mundo. Se vio parado, apartado. Y fue precisamente en estos años oscuros cuando surgió una obra, en medio de la dictadura, entre la mediocre vida intelectual de la década de los 50. Soportábamos el peso de una represión cultural que atenazaba el alma y mi obra surgió como el resorte de la resurrección, como una manera de sacudirse la represión.

Era una mujer sencilla, modesta, sin doctorados, sin grandes estudios pero con mucha experiencia acumulada en años y años de bibliotecas, de estudios, de vida en torno al léxico, a la gramática, de vida en torno a un idioma, el nuestro, tan rico en matices que cogí un lápiz, una cartilla y empecé a esbozar un diccionario que yo proyectaba breve, de unos seis meses de trabajo que se convirtieron en quince años. Difícil mostrar en menor tiempo mi amor por la lengua española.

Fui madre, remendadora de calcetines, bibliotecaria, y escritora, sola, en mi casa, a mano, iba poniendo letras y letras de investigaciones en papel, llegando a tres mil páginas en total, en dos tomos, de tres kilos de peso, más largo que el de la Real Academia de la Lengua…Quizás esta vocación que nació creyéndose sencilla quitó tiempo a mi vida familiar. Uno de mis hijos llegó a decir, cuando le preguntaron cuántos hermanos tenía: dos varones, una hembra y un diccionario. La conciliación. Mire de qué año hablamos. Publiqué el diccionario en el año 1966. La primera edición, la auténtica, la mía. Creo que años después, mis hijos y herederos tuvieron una trifulca importante con los editores por la segunda edición. Demasiados cambios, demasiada vuelta a lo que yo había establecido bien claro con aquel otro hijo mío.

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