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Jueves, 14 de Noviembre de 2019

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Quemar la vida

El sicario y narcotraficante Germán Delgado fue uno de los más peligrosos de la Barcelona de hace dos décadas. Una historia de traición y venganza que parece sacada de la literatura negra más salvaje.

La cárcel es un mundo aparte con su propia ley. /

El periodista Carlos Quílez nos presenta a Germán Delgado Girona, un delincuente de estirpe, criado entre criminales. Te invitamos a escuchar un caso real lleno de furia.

Quílez conoció a Delgado cuando trabajaba en su libro Mala vida’, una compilación de varias historias sobre delincuentes que han marcado la vida criminal de Barcelona.

Era un malhechor de pura cepa. El propio Germán consideraba que lo llevaba en la sangre. Aprendió que, en la vida, o eres de los que ganan o de los que pierden. Él tenía muy claro a qué grupo quería pertenecer.

El periodista compartió momentos con él en la famosa cervecería Moritz, lugar de encuentro del famoso clan de los Jodorovich, los cuales tenían prácticamente el monopolio de la heroína que se consumía en el mediterráneo.

En aquel momento Delgado estaba en búsqueda y captura y era el consejero y guarda personal del clan, el hombre de confianza. No dudaba en utilizar grandes dosis de violencia si era necesario: sabía infundir miedo y respeto.

A Germán le gustaba el lujo. Cuando disponía de dinero, sabía bien cómo gastarlo. Era un hombre atractivo, con buena presencia, que hacía gala de buenos modales y vestía bien. Clyde conoció entonces a su Bonnie.

Eli era una chica inteligente y muy atractiva. La oveja negra de una de las familias mejor posicionadas y más poderosas de Barcelona. Le gustaba vivir sin mesura y sin límites. Germán era su compañero perfecto.

Ambos compartieron drogas, suites, excesos y un improvisado atraco a un banco que dio al traste con la carrera delictiva de la pareja y con su relación. Pagaron un alto precio por vivir en una continua descarga de adrenalina y plomo.

Germán ingresó en la cárcel ya bastante desmejorado: su talón de Aquiles siempre fueron las drogas. Pensó que una temporada a la sombra le vendría bien para curarse. Además, allí tenía un asunto del que ocuparse. Un asunto de sangre.

A lo largo de su vida, pasó más tiempo en la cárcel que en libertad. Moldeó así su carácter. La cárcel había sido su escuela. Tras los barrotes existe una ley al margen de la sociedad. Y estaba dispuesto a imponer la suya.

Como solía decir: el corazón perdona, pero la mente no olvida.

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