Miércoles, 03 de Marzo de 2021

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La llamada de la historia

Gloria Lasso

Cuentan que estaba Mirtha cantando cuando se sintió mal. Entonces tuve que intervenir, sustituyéndola repentinamente. Y sí, llegaron cartas preguntando quién era aquella voz. Era yo. Prácticamente acababámos de llegar a Madrid, desde nuestra Barcelona, donde comenzamos una modesta carrera en locales de cabaret. Él era mi guitarrista y también mi marido. Las niñas fueron ya madrileñas y todo comenzó donde suena esto ahora: en Radio Madrid. Locutora fui. Y también canté.

El salto fue a París. Sin hablar mucho francés, sin nuestras hijas que estaban al cuidado de los abuelos. Mi nombre artístico es el apellido de mi marido. Aunque me gusta más la historia de que el apellido se me ocurrió ante el anuncio de una película de Gary Cooper en el que se le veía blandiendo un lazo. Es que de mi primer marido no me gusta acordarme, a pesar de mis tres accidentes, digo, hijas, a las que adoro.

Hubo seis, o nueve, a pesar de que muchos exageren diciendo que fueron diez maridos. El París de los años cincuenta estaba lleno de clubs nocturnos donde cantar. La voz, el pelo negro, los rasgos latinos...me hicieron una cantante exótica. Fíjense, lo exótico es lo diferente, ya que aquí en España no habría sido sino una más de las folclóricas de la época.

Cuando me vieron los empresarios de la discográfica Emi me contrataron para grabar un disco que tuvo un éxito sin precedentes, o al menos eso era lo que me explicaban. Un millón de copias y directa a la Sala Olympia. Ya saben, lo más. Añadía la música mexicana a mis repertorios, llevando así la música francesa y la mexicana por toda Europa. En números: tres mil canciones, cuatrocientos álbumes y más de cien compactos.

A México llegué por indicación de una gran amiga y mejor artista. O al revés, no sé. Edith Piaf, la conocí en Maxim's y me dijo que en México encontraría el éxito también. Y acertó. Veinte años dando recitales, en todos los lugares del país. Me gané al público y la nacionalidad mexicana de paso. Era maravilloso, pero agotador. Tanto que me habilitaron incluso un lugar de descanso en el estudio, ya que las grabaciones eran interminables.

En París también conocí a Luis Mariano. Además de convertirse en un compañero de escenario se convirtió en padre, hermano y hasta padre de mis hijas cuando yo no estaba. Incluso fue él quien les buscó un buen internado.

Cuando dejé México fue para volver a París. Allí me reclamaban de nuevo desde el gran Olympia, eran ya los años noventa, y el recibimiento fue impresionante. Llegaron los trofeos en Francia y en otros país, las medallas, los homenajes, y los viajes. Entre México y Francia, sin parar. Me casé con un chico encantador de 24 años. 68 había cumplido yo. Eran un chico estupendo y trabajábamos muy bien juntos, ya me entienden, pero se le ocurrió que quería tener hijos. En fin.

En esta época ya moderna las reediciones de mis canciones y de mis discos fueron las que me dieron de nuevo la fama, la venta. Y además, con gran repercusión, me convertí sin querer en un icono del colectivo LGTB. Cierto es que dije en una ocasión que los homosexuales son los mejores amantes, pero creo que no solo me hicieron caso por esto.

El éxito significó dinero que nunca supe manejar demasiado bien. Yo lo que sabía era cantar. No contar. Hubo problemas con el fisco y de ahí algunos de los viajes también. Donde había menos ruido por todo esto, allí estaba.

Era 2005, el 11 de noviembre, y el concierto fue en un teatro cine de Cuernavaca, en México. Fue el último concierto.

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