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Domingo, 20 de Octubre de 2019

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El cachete

Sabe que no le ha hecho daño, no ha sido más que una palmada fuerte en la mano, pero se ha congelado el aire y el tiempo en la cocina, y ahora se miran los dos frente a frente, el padre, el hijo, ambos dolidos y decepcionado

Sabe que no le ha hecho daño, no ha sido más que una palmada fuerte en la mano, pero se ha congelado el aire y el tiempo en la cocina, y ahora se miran los dos frente a frente, el padre, el hijo, ambos dolidos y decepcionados.

Juanjo se apoya en la encimera y toma aire. A él no le pegaban de niño, se había prometido que jamás golpearía a nadie, ni en broma, ni por ganar puntos frente a una chica, ni a un rival en lo más reñido de un partido. Y en su propia casa, en la cocina que debería nutrir, y dar calor, y transmitir de generación en generación los valores que con tanta dulzura intentaron inculcarle, ha perdido los nervios. Cierto que se lo decía siempre.

- No comas con tanta ansia, que te va a sentar mal.

Sabe que no le entiende, que se lanza a la comida como un poseso, pero aún así, se lo repite todos los días. Porque luego vomita. Y a él, o a su mujer, le toca cambiarle, lavarle, vestirle de nuevo, darle de nuevo la comida cucharada a cucharada.

- No comas de esa manera, ¿no ves que no masticas? Mira, así, yo te lo doy.

Pero como siempre, ha desobedecido, y hoy Juanjo le ha dado el cachete. Y ha visto en esos ojos muy claros y muy abiertos el reproche de quien no puede hablar, y se le ha desgarrado un músculo invisible.

-Perdona, papá, come lo que quieras. Perdona, papá, perdóname, toma pan, que te gusta...

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