Jueves, 25 de Febrero de 2021

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La llamada de la historia

Emilio Carrere

Vivir con mi abuela significó durante unos años recibir mimos, que sustituían a veces a la comida. Significó también no salir a la calle a jugar. Hacía pompas de jabón desde el balcón para que de esta manera se acercaran los demás niños a mí, aunque fuera a unos metros por debajo.

Y es que ella se hizo cargo de mí cuando su hija falleció y mi padre se desentendió. Así que no se le puede reprochar nada, pero es cierto que no me dijo demasiadas indicaciones sobre la vida y nunca me explicó por qué hay cosas que sí y otras que no. Bastante tenía la mujer con asumir mi crianza con su pequeña pensión mientras nos mudábamos a menudo de casa en busca siempre de algo más económico.

Cuando ella faltó fue mi padre el que apareció para rescatarme. Me colocó como funcionario en el Tribunal de Cuentas, eliminando así su mala conciencia, supongo, teniendo en cuenta que yo era hijo ilegítimo y que nunca se había hecho cargo de mí.

En el Tribunal, dijeron de mí que no destacaba por mi amor al trabajo administrativo, lo que me llevaba a ser impuntual a la hora de entrar a trabajar.

Cierto día fui llamado al despacho de mi jefe inmediato que me dijo:

Rafael Cansinos-Asséns SOBRE EMILIO CARRERE

Era entonces un joven delgado, vestido de negro, con chambergo y chalina, un ojo estrábico y como tuerto, y grandes melenas negras, como compensación a su incipiente calvicie prematura. Fumaba en pipa y hablaba con una voz cantarina y adormilada. Tendía a ser irónico y designaba a los escritores que no eran de su agrado anteponiéndoles el “señor” […] Ahora admiraba a Heine y a Baudelaire, y también a Verlaine. Pero su ídolo era Murger, y los héroes a quienes quería parecerse eran los personajes de la Vie de bohème, popularizados por Puccini en su ópera, de la que solía tararear trozos, con muy mal oído, por cierto. Estaba muy orgulloso de su apellido francés y de conocer ese idioma, que había aprendido de su madre. Pero al mismo tiempo presumía de madrileñismo y se jactaba de conocer todas las viejas leyendas cortesanas mejor que aquel Sepúlveda que escribía tan largos artículos sobre esos temas en El Liberal. 

-Mire usted, con esa manía de retrasarse, va a llegar un momento en el que se presentará usted todos los días al día siguiente.

La vida entonces empezaba a despuntar para mí. De mi amor por la pintura y por el teatro surgió el amor por las letras, y fue en revistas donde me dejaron publicar mis primeras palabras escritas. Empecé aprendiendo a declamar.

De articulista a novelista y poeta, siendo querido y admirado por allegados, vecinos y no tanto, que se sabían mis versos y los recitaban.

Mi vida de aventuras y penurias empezó desde que estaba en la cuna, porque fue así como me crié. Y ese carácter lo mantuve para siempre. Bohemio, decadente y modernista, decían unos. Extravagante y excéntrico, señalaban otros.

Una capa y un viejo sombrero me acompañaban siempre junto a mi pipa. La bohemia era para mí una forma espiritual de aristocracia, de protesta contra la ramplonería estatuida, un anhelo ideal de arte más alto, de una vida mejor. Ha llegado a fastidiarme que me tachen de bohemio porque mi bohemia nunca ha sido la del andrajo y la pipa, es más bien la falta de adaptación a los ambientes vulgares y antiartísticos.

Mi vida de noche, en las profundidades del Madrid de comienzos del siglo XX, traía al día siguiente reflexiones sobre la vida, sobre los suburbios, sobre lo peor del género humano, pero también sobre lo mejor. Lo de escritor bohemio ya lo hemos hablado, fue fama, pero también dijeron de mí que nunca lo fui, bohemio.

Fui escritor descriptivo, fui poeta de la bajeza, fui pionero en el género policiaco…Y como todos los escritores de la época, sentía profundamente las injusticias sociales y la miseria en la que se veía mucha gente. Escribí varios artículos sobre estos temas sociales, pero sin tocar la política.

Hubo quien pensó que yo había cambiado radicalmente de forma de pensar. Puede ser. Un intelectual debe adaptarse a los cambios. ¿O no? Criticamos el régimen republicano porque no marchaba como debía, y cuando llegó la guerra estuve interno durante más de seis meses en un centro psiquiátrico, de manera voluntaria, para evitar ser asesinado, básicamente. Aunque casi muero allí dentro…Cierto es que el bando franquista dieron por hecha mi muerte. Hubo más casos como el mío, que fueron buscados. Cuando empezaron las sospechas, salí directo a la casa de unos amigos, y de nuevo el refugio durante dos años, sin salir a la calle, esperando de nuevo a ser asesinado o a que no me encontraran.

Seguí con los cambios de casas, con las escrituras de poemas, hasta que mi padre me dejó su herencia, me compré un piso y me convertí en monárquico y antirrepublicano. Escribí en el diario Madrid, me hicieron cronista oficial de la villa de Madrid y de un modo un tanto extravagante, como había sido yo, apoyé el régimen franquista en mis últimos días de aliento.

Agradezco haber sido una persona tan querida en mi Madrid que cuando me puse enfermo, se publicaban notas de mi estado en el café donde iba habitualmente y media ciudad entraba en el café a preguntar "cómo estaba don Emilio".

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