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Sábado, 20 de Julio de 2019

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Creatividad

A mí, en realidad, lo que me hubiera gustado ser es pintor. Se me daba muy bien, de niño, de joven.

A mí, en realidad, lo que me hubiera gustado ser es pintor. Se me daba muy bien, de niño, de joven. Entre mis cuadernos de matemáticas encuentro retratos de los profesores. No caricaturas, retratos. Me fascinaba mi gato. Sus manchas, y sus bigotes al sol. Fueron mis padres los que me lo quitaron de la cabeza. Sacaba buenas notas, estaba destinado a una carrera de provecho. Ya dibujaría en mis ratos libres.

Y he vivido siempre con ese dolor, con esa carencia. De vez en cuando arrastro a mis hijos a exposiciones; van con la misma renuencia con la que cedía mi mujer a ir a un museo. La mía es, como muchas, otra vida truncada por esos padres de antes, padres severos y sin creatividad, con buena intención pero sin la menor fibra sensible. Me cuesta perdonarles.

Pero aún más me cuesta perdonarle a mi mujer una de las peleas que, a la larga, nos llevaron al divorcio. Comenzó a reprocharme mi rigidez, y mi apatía. Dijo cosas horribles. Gritó que ahora que mi madre había muerto ¿a quién culparía de mi vida? ¿No veía que me estaba quedando sin excusas, y que el tiempo se escapaba al galope? ¿No me daba cuenta de que no era más que un mediocre con sueños de grandeza, y que eso mismo proyectaba en los niños?

Siempre he estado rodeado de gente así, que no me ha apoyado. Me moriré con esa pena. Yo hubiera podido ser un gran artista. He tenido mala suerte. Nadie me ha dado ese empujón, y ahora es tarde.

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