Martes, 28 de Septiembre de 2021

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La llamada de la Historia

La última zarina, Alejandra

Nací en un rincón sencillo, de carácter agrícola y ganadero. Pero mi familia no era de agricultores, sino de duques. Un gran ducado en un lugar hermoso, pero sin demasiada relevancia histórica. Era una corte, es verdad, pero poco ostentosa. Me apodaron Sunny y también Alicky, así que me bautizaron con cinco nombres delante de los apellidos pero terminé siempre siendo llamada por pequeños apelativos.

Mi familia enfermó de difteria. Todos, uno a uno fueron cayendo, llegando a perderlos a prácticamente todos. Con seis años no tenía y padres y pasé de ser una niña alegre a ser una pequeña ingrovertida, triste y en una posición a la defensiva.

Así que mi vida pasó a ser la de un maleta. Siempre con mis primos británicos y con mi abuela en las vacaciones. Mi abuela era reina. La reina Victoria, para ser exactos. Fue mi gran apoyo, también cuando quisieron, ya se pueden imaginar, casarme con un primo. La abuela, la reina, supo ver el lado positivo de mi rebeldía. Llegó a decir, la buena de mi abuela, que estaba orgullosa de mí por haberme enfrentado a ella, algo que muchos, en concreto su propio hijo, no se atrevían a hacer. Así que fue la abuela la que de alguna manera entendió mi historia de amor y por tanto, también el hecho de que me casara más bien tarde para la época.

El hombre del que me enamoré era ruso, y estábamos emparentados por diferentes ramas dentro de la realeza europea. Él dijo que era su sueño casarse algún día conmigo, le gustaba desde hacía tiempo y sobre todo desde que estuve seis semanas en San Petersburgo. Su sensación, decía antes de la boda, es que su sueño más querido se haría realidad.

Y eso que el padre de mi amor, de Nicolás, negó en un primer momento la posibilidad de nuestro matrimonio, pero terminó aceptando, debido a sus condiciones de salud, fundamentalmente. Mi abuela en realidad también se oponía, aunque en su ser más íntimo me apoyase, y si se oponía ella era porque tenía dudas sobre Rusia, por problemas políticos y también por la mala relación que tenía con el padre de mi enamorado, precisamente. El caso es que el padre falleció y todo se precipitó, con mi futuro marido convertido ya en el nuevo zar de Rusia, la boda no se hizo esperar. Nos casamos en la Capilla del Palacio de Invierno y desde ese día fuimos fieles y estuvimos unidos, como se dijo durante la ceremonia. Lo que no sabíamos es que nuestro final iba a ser tan dramático.

Tras la boda, llegó la coronación, y con ella llegó una gran tragedia en forma de muertes a consecuencia de una avalancha. Ocurrió porque se invitó a comida, y la necesidad en aquel momento era demasiada, había poca policía y todo se complicó...Miles de personas fueron aplastadas en la estampida.

Este desastre fue tomado para muchos como una señal del horror de monarcas que íbamos a ser y también del reinado infeliz que íbamos a tener. No se equivocaron demasiado. Desde entonces, o incluso desde antes, nadie me quiso, en realidad me consideraban una enemiga, una joven alemana metida en la corte de Rusia. Llegaron a decir de mí que era una espía, que nada me interesaba, que despreciba su cultura...Y además, tardé demasiado tiempo en dar al pueblo un hijo varón. Lo bueno es que mi marido y yo seguíamos tremendamente unidos, incluso él decía, cuando nacían las niñas, que era su manera de tener un hijo para nosotros y que se alegraba de que no fuera varón para que no se convirtiera en un hijo que donar al pueblo en forma de heredero.

Es verdad que no me esforcé en ganarme a un pueblo que de entrada no me quería, lo que hice fue pasar cada vez menos tiempo en la corte, donde además mi suegra, en rango y en procedencia, seguía siendo superior a mí, porque así funcionaban allí las cosas.

La última novela de Espido Freire, titulada Llamadme Alejandra, Premio Azorín. Se trata de un relato que ahonda precisamente en la suerte y en la desgracia de esta zarina. Lo hace además a través de un monólogo interior.

Uno de mis grandes dramas fue la enfermedad de mi hijo varón, de Alekséi. Le pasé la hemofilia con la que mi familia se aquejaba, y su vida fue muy complicada, rodeado siempre de médicos que lo miraban y lo remiraban mientras lo trataban con unos medicamentos que no le hacían nada...por eso me fui alejando de ellos y acercándome más a la religión y a los religiosos, convirtiéndose uno de estos hombres espirituales en mi apoyo fundamental. Esto fue una nueva manera de generar odio hacia mí...Llegaron a decir que mantenía una relación sentimental con él...

Cierto es que, sin ser nada más que un apoyo fundamental en mi vida y en la de mi hijo, lo que fui haciendo con este hombre, a medida que iba consiguiendo que la enfermedad de mi hijo estuviera controlada, fue darle más poder. Casi sin querer, formó parte hasta del gobierno, y era desde luego un buen consejero, no siempre estando de acuerdo mi marido Nicolás, aunque lo aceptaba al ver que nuestro hijo mejoraba gracias a él. No podíamos hacer otra cosa...

La interferencia supuesta de Rasputín, que así se llamaba nuestro consejero, en los asuntos políticos, aceleraron su asesinato. Era otra época y en Rusia había demasiada sangre. Además, estalló la Primera Guerra Mundial primero y la Revolución de Febrero primero y de octubre después, y todo fue empeorar...Mi marido se debía a las tropas, a las que dirigía en desacuerdo con los ministros, mientras yo me quedaba al mando de la corte. Ahí fue decayendo nuestro reinado, aunque nunca sospechamos que tanto como fue...Para no embarcarme en contarles una historia de políticas y guerras, les diré que terminamos, todos, la familia real, les hablo, detenidos. Bajo arresto domiciliario. Y a mi marido, por tanto a mí, por tanto a todos...le obligaron a abdicar.

Nuestro final fue romántico, si quiere verse así, porque nos mantuvimos unidos...pero fue dramático, horrible...fue una ejecución completa de toda la familia, por parte de doce ejecutores que entraron en nuestro refugio con engaños, prometiéndonos un traslado. Nos fuimos viendo morir unos a otros, protegidas nosotras por unos corsés que albergaban unas joyas que hicieron de chaleco antibalas. Fue peor: terminamos asesinadas de manera todavía más cruel que a través de unas balas.

Así se terminó una saga, una familia, una realeza entera...

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