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Miércoles, 17 de Julio de 2019

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Aquella casa

En aquella casa, aquella que se ve entre los árboles, rota por el viento y por el abandono, crecí yo

En aquella casa, aquella que se ve entre los árboles, rota por el viento y por el abandono, crecí yo. Nunca fue nuestra, pero era nuestra casa. Mi madre la rodeó de hortensias que en verano viraban del rosa al morado, y mi padre tendió un sendero de tierra pisada y dos álamos que flanqueaban el camino. En la pared este teníamos el gallinero, y junto a él, alejada de la casa, una porqueriza que en los buenos tiempos albergaba una gorrina con seis u ocho lechones. En aquella casa, aquella que os señalo desde la autovía, vivimos los hermanos, y dos cuñadas, y algunos sobrinos, hasta que pudieron irse. Ahora se le cae la noche encima y a saber qué habita entre aquellas paredes en las que fuimos a veces felices y a veces muy desgraciados, en que murió de repente la abuela y nos tocó, un año, una pedrea de la lotería.

Allí hubiéramos querido vivir y para comprarla al dueño ahorramos. Pero llegó la autovía, y con ella, el trazado que incluía nuestras antiguas tierras, y la casa, y la compró el Estado a cambio de un dinero que para unos fue mucho y para otros, poco. Ahora, cuando pasamos con el coche a ciento veinte, la señalo a los nietos con un suspiro. Pasa en un suspiro. Las hortensias son toda hoja y poca flor rosada. Las tejas se pudren de moho. Cortaron los álamos, desapareció la senda. La vida pasa y nos deja así, a la vereda del camino.

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