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Domingo, 20 de Octubre de 2019

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La lata

Veinte minutos. Lo sé porque miré el reloj al llegar y me dije qué alivio, no está la madre de Mateo. Pero entonces apareció

Veinte minutos. Lo sé porque miré el reloj al llegar y me dije qué alivio, no está la madre de Mateo. Pero entonces apareció. El resto de los padres me saludan con la cabeza, desde lejos, y fingen estar muy ocupados, hablan (o lo pretenden) con el móvil, para no acercarse a la célebre e incansable madre de Mateo.

La mejor lata de sardinas es hoy su tema. Cómo ha comenzado es algo que se me escapa, quizás porque durante los primeros segundos de conversación mi cabeza aún busca a la desesperada una manera de huir. No tengo nada contra las conservas: en general, no tengo nada contra los temas de conversación de la madre de Mateo, salvo que no vienen a cuento, no permite meter baza y, de la misma manera en la que no parecen tener principio, tampoco parecen tener fin. Cuando salen las niñas agarro a la primera por el cuello de la bata y me despido a la carrera, mientras ella avanza hacia mi dirección y pasa, sin interrupción, del tema elegido al adiós.

A veces, en abstracto, cuando hace días que no coincido con ella, siento cierta lástima por esta mujer aún joven, arrolladoramente simpática durante los primeros minutos, y a la que rehuimos todos, hasta los profesores. ¿Qué le pasa? ¿Qué le pasó? ¿Fue así desde niña?¿En qué soledad vive para llenarla con palabras que se hinchan y revientan para ocuparlo todo? ¿Cómo puede no sentir nuestro rechazo? Y, si lo siente... ¿por qué continúa? ¿Por qué me sigue hablando de sardinas?

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