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Jueves, 22 de Agosto de 2019

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Frío

Al principio no era así. No sé qué pasó, pero no recuerdo nunca haber pasado frío con él

Al principio no era así. No sé qué pasó, pero no recuerdo nunca haber pasado frío con él. Las primeras noches, cuando refrescaba, me dejaba su chaqueta, y regresábamos a casa, bien juntos, sus brazos sobre mis hombros.

Enciende el aire acondicionado a propósito, porque sabe que a mí me molesta. No puedo creerme que sienta calor, no hace calor. Entonces yo lo apago. Al principio le pedía permiso. Ahora no me lo pide él, y no se lo pido yo. Él enciende, yo apago. Yo cojo la mantita por la noche, él se la saca de encima a patadas. Mantenemos una lucha tensa de silencio y de termómetro.

El frío se ha instalado en nuestra casa. Cuando abro la boca, una vaharada de aliento se dibuja en el aire. Cuando se me acerca, los labios se me tornan azules. Él, en cambio, arde. Resopla, como si le estorbara hasta la camisa, suda, se sofoca. Entre nosotros brota algo que se parece al deshielo, los sofás se empapan, las plantas mueven sus hojas mustias, como si hubieran quedado desprotegidas frente a la helada. Hay humedad en una de las paredes, se encharcó el lavabo. Pequeños huracanes giran en el comedor, fruto de las diferentes presiones. Tirito cuando se acerca la hora de que llegue del trabajo. Él anuncia su llegada con una subida del termómetro que se nota ya cuando sube en el ascensor.

Nos quisimos, pero no fue una cuestión de tiempo. Fue un problema de temperatura. El más drástico, el más imprevisto de los cambios climáticos.

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