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Martes, 23 de Julio de 2019

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Olivo

Nunca había tenido alergias, hasta que una noche, durante un viaje, me desperté con la angustia de quien le roban el aire

Nunca había tenido alergias, hasta que una noche, durante un viaje, me desperté con la angustia de quien le roban el aire. Resollaba, notaba cómo mis costillas se expandían y se marcaban con cada respiración. Intenté tranquilizarme, estaba solo, no encontraba fuerzas ni para descolgar el teléfono y llamar a recepción. Al día siguiente tenía los ojos enrojecidos, y la garganta tan hinchada que no era capaz de atarme la camisa.

Alergia, me dijeron, y de pronto, el mundo cambió. La amenaza se encontraba por todas partes, en el aire, o en un jardín en el que antes me tomaba una cerveza bien a gusto. Mi brazo se convirtió en una colección de marcas, mientras detectaban quién era mi invisible enemigo. ¿Qué me atacaba? ¿Por qué ahora? ¿Qué mal había hecho yo?

Todo el mundo se convirtió en médico y yo en un hipocondriaco. Deberías cambiar de dieta, me decían, el gluten es veneno, el azúcar es veneno, deja el alcohol, la cafeína, no tomes leche. Prueba la homeopatía, me dijo una vecina, a mí me funcionó. La acupuntura, la meditación, el mindfullness, todo es somático, todo es energía, puedes vencerlo todo con la mente. Mientras tanto, de vez en cuando, me ahogaba. La tos seca me arrancaba de cuajo la voz, la garganta se cubría de costras. Aprendí la vulnerabilidad ante la superchería. Probé todo, incluso aquello de lo que antes me hubiera reído. Entendí todo, a todo le puse pegas. No es cierto que el dolor nos iguale; nada nos hace más aristocráticos, más especiales, que el dolor.

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