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Domingo, 21 de Julio de 2019

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Llegada a casa

Los tres me miraron con desconfianza. Mi padre les dijo, este es vuestro hermano, dadle un beso

Los tres me miraron con desconfianza. Mi padre les dijo, este es vuestro hermano, dadle un beso. Los gemelos me besaron con desgana. Marta perdió pronto el interés y se durmió en la falda de su madre. Yo miré por la ventana y vi cómo la mía se alejaba por el camino, con el andar agotado, y me tragué la salina de las lágrimas. Mi padre saltaba de las puntas de los pies a los talones. Repetía muy bien, muy bien.

Vivir en la casa grande se hizo un sueño cuando el profesor me enseñó las notas y las teclas; me dejaban al cargo de Marta mientras dormían la siesta. Entonces comencé a ver borroso y a fruncir los ojos. Me llevaron a un médico que daba caramelos.

- No son buenas noticias. Esto empeorará y viene de herencia. ¿Quizás usted?

Mi padre negó.

- No, yo veo bien. Será por parte de la madre.

Me acostumbré a que todo lo malo mío viniera por parte de mi madre, pero en este caso era verdad. Yo recordaba que mi madre reconocía a la gente lejana sólo por la ropa y los andares. Regresamos con unas lentes muy gruesas, y para compensar mi pena, mi padre me regaló el piano nuevo; el otro viejo apenas sonaba.

Y, qué cosas, de todos los hermanos el único que sigue vivo, que sigue aquí, soy yo, el de la sangre mezclada. Los gemelos crecieron, se fueron, murieron. Marta es polvo. Y yo, ciego como mi piano, aún sigo cantando mi melodía.

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