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Viernes, 19 de Julio de 2019

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Damas

Durante el mes de julio y parte del de agosto mis dos abuelas coinciden en mi casa

Durante el mes de julio y parte del de agosto mis dos abuelas coinciden en mi casa. La materna, bajita, seca, inquisitiva, vive con nosotros durante todo el año. La madre de mi padre, alta, majestuosa, expansiva, se reparte entre sus dos hijos en el verano, para, entre otras cosas, legarnos infinidad de anécdotas a los nietos, que repetimos ante la incredulidad de los amigos. Las dos viejas damas son implacables, las dos fuertes, apasionadas e inolvidables. Para nuestra desgracia y el deleite de todos los demás, las dos se odian con una tenacidad de décadas y de afrentas acumuladas.

Las abuelas no nos piden a los nietos que tomemos partido, y se rebajan incluso a reconocer ante nosotros las virtudes de la rival. Es muy elegante, dice una. Daría la sangre por los suyos, concede la otra. Pero a sus hijos nos les perdonan una: durante la comida acechan la menor amabilidad de su hija a la suegra, del hijo a la odiada contrincante. Todas las armas se utilizan. El silencio dolido, el suspiro a destiempo, el adjetivo subrayado, la mirada condescendiente, el diminutivo que hiere en la carne tierna. Dos semanas antes de que su suegra llegue a casa, mi madre comienza a dormir mal por las noches. La casa se ordena y se encera como los soldados abrillantan sus armas. Cuando se cruzan por el pasillo, las abuelas, que se tratan de usted, ni siquiera se miran. Nosotros no vemos dos viejecitas hostiles, adivinamos la realidad: un trasatlántico a toda velocidad se cruza, sin hacer caso a advertencias, con un orgulloso iceberg. Un clásico.

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