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Sábado, 20 de Julio de 2019

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Damas (segunda parte)

La abuela se ha caído y se ha roto la cadera

La abuela se ha caído y se ha roto la cadera. El orden no nos ha quedado del todo claro, quizás primero la cadera de mi abuela materna, la alta, la imponente, haya cedido y eso la hiciera caer. Se encuentra bien, pero despojada de esa mirada de orgullo que siempre le ha acompañado. El cabello, con menos lustre, se esparce sobre una almohada de la que no se queja, pero que se le arruga a la altura del cuello.

Quien la cuida noche y día es su más feroz enemiga, mi otra abuela. A codazos, y con su lengua viperina, nos ha echado a todos de allí. Según ella, todos tenemos cosas que hacer. Todos fuera. Su consuegra es cosa de ella.

-Va a envenenarla y hará que parezca un fallo médico-dice mi novia, que disfruta como pocos de las historias de venganza y rivalidad de mis abuelas.

- No me extrañaría -digo yo.

El trato continúa siendo gélido. No se han apeado del usted. Tiene que tomarse ya la pastilla, no se moleste, ya lo hago yo, claro, siga usted en sus trece y así pasaremos otra semana más girando a su alrededor. Mis abuelas se aborrecen con una ternura exquisita, con un mimo que solo se dedica a los enemigos que necesitamos para continuar vivos, fuertes, jóvenes. Con las manos cruzadas sobre el vientre, ambas ven la televisión en silencio. No entendemos su alianza, la de las hermanas muy ancianas, la de los viejos matrimonios. El cariño es más escurridizo que el amor, más noble, a veces. Las dos viejas damas bien lo saben.

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