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Martes, 16 de Julio de 2019

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Feigenbaum

Ayer, durante todo el día, volví a sentir la nostalgia de Feigenbaum

Después de haber viajadado tanto, tanto, qué ironía tan fina y perversa es permanecer aquí encerrado, en este cuarto, en esta casa, en esta ciudad... Todo lo he aceptado: la silla de ruedas, la inmovilidad, la humillación de que me limpien y me den de comer, el silencio constante al que me ha condenado el ictus, el parloteo sin pausa de la cuidadora, por lo demás, tan amable, la lejanía de los sobrinos, a los que casi no conozco y ya nunca conoceré. Pero, qué extraña es la mente, lo único que no soporto pensar es que no volvere a iniciar un viaje.

Ayer, durante todo el día, volví a sentir la nostalgia de Feigenbaum… Desde la ventana por la que veo el jardín, mi lugar preferido, como muy bien ha intuido la cuidadora, me escapé a esa ciudad pequeña y ordenada, y, como en algunos sueños felices, me vi allí, envuelto en su aire frío y su agitación portuaria. Es una ciudad perfecta para el viajero de paso, un poco canalla y muy luminosa, bien dividida en secretos y obviedades.

Y luego, la noche de los días en los que regreso a Feigenbaum no puedo dormir, y parpadeo inquieto, porque poca cosa más puedo mover, entre la morriña y el recuerdo, la juventud perdida y las horas lentas, mientras con mis pensamientos recorro esas calles, aquellas mujeres, aquellos cuartos de las pensiones miserables en los que fui tan feliz, aquellas peleas que siempre acababan en amistades borrachas.

¿Qué importa que no haya ninguna ciudad que se llame Feigenbaum?

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