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Lunes, 17 de Febrero de 2020

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¿La realidad distópica ya está aquí?

La escritora Espido Freire habla con Macarena Berlín de 'El cuento de la doncella' y de la distopía que describe la novela de Margareth Atwood

En los últimos tiempos se ha asistiendo a la visibilidad de autoras contemporáneas, en su mayoría de cierta edad y con un éxito arrollador. Lucía Berlin, Edith Pearlman, Margareth Atwood... En España, Rosa Montero ha vivido un renacer, y la fallecida Gloria Fuertes ha recibido un homenaje literario y popular. Como cada viernes, otra gran escritora, Espido Freire, habla con Macarena Berlín en Hoy por hoy de literatura y sociedad. Esta vez... sobre la escritora canadiense Margareth Atwood y su obra El cuento de la criada. Premiada en numerosas ocasiones y considerada como una de sus obras de más calidad, Atwood escribió la novela, curiosamente, en 1984. Se trata de una obra de género pero de ciencia ficción pura y dura que refleja una sociedad distópica futura al estilo de Huxley u Orwell.

Atwood plantea una sociedad futura que llama Gilead. No se sabe qué ha ocurrido, pero en muy pocos años, en Estados Unidos se ha pasado a una república dictatorial. Amparándose en la coartada del terrorismo islámico, unos políticos teócratas se hacen con el poder. "Como primera medida, suprimen la libertad de prensa y los derechos de las mujeres. En esta república dictatorial las mujeres tienen un 'aparentemente' papel primordial, un matriarcado que parece que ha superado la sociedad patriarcal anterior". Las Tías se dedican al adiestramiento de las futuras mujeres… Las Esposas, vestidas de azul, son las cabezas visibles del poder junto con los Comandantes... y las Criadas, reconocibles por ir vestidas de rojo, son las que sirven para tener hijos. Su papel es ese.

Por tanto, el cuerpo de la protagonista, una criada llamada Defred, sólo sirve para procrear, tal como imponen las férreas normas establecidas por la dictadura puritana que domina el país. Si Defred se rebela —o si, aceptando colaborar a regañadientes, no es capaz de concebir— le espera la muerte con ejecución pública o el destierro a unas colonias en las que sucumbirá a la polución de los residuos tóxicos.

Lo terrible de esta novela es que nada resulta completamente nuevo. No lo son las cofias, ni las costumbres, la prohibición de leer, escribir, o de cualquier tipo de diversión. No lo es la reducción de derechos, el control social y el miedo generalizado al otro. Ni la dictadura religiosa, ni el robar niños. El odio a los homosexuales o las ejecuciones públicas. Uno de los mensajes es que esto, que ocurrió, puede volver a ocurrir. Pero quedarse en eso es demasiado sencillo: en realidad, ya está ocurriendo.

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