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Viernes, 28 de Febrero de 2020

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Recordando al genio entre los genios

Se cumplen 40 años del fallecimiento de uno de los creadores más importantes que ha conocido el cine: Charles Chaplin

Un día de 1914 el productor de películas cómicas Mack Sennett le dijo a uno de sus actores, un joven británico recién contratado llamado Charles Chaplin: “Para esta escena que vamos a filmar necesitamos un gag. Maquíllate y ponte un disfraz cómico. Cualquier cosa, pero que haga reír.” Chaplin entró en los vestuarios del estudio. Cogió unos pantalones del gordo Fatty Arbuckle enormemente holgados, un chaqué estrecho y raído y un bombín perteneciente al suegro de Arbuckle que había desechado cuando éste sentó sus 130 kilos accidentalmente sobre él. Las botas de la talla 48 eran del gigantón Ford Sterling. Por último, se plantó un bigotillo postizo para ocultar su cara de niño y cogió un bastón de caña para sostener la desequilibrada figura. Cuando salió, Sennett le pidió que describiera al personaje. “No es uno, es muchos –contestó Chaplin–. Es un tipo polifacético. Un vagabundo y un caballero. Un soñador, pero con sentido práctico. Te puede hacer creer que es un profesor de física o un jugador de polo, y aunque es un tipo orgulloso, no tiene inconveniente en recoger del suelo una colilla, robar el caramelo a un niño y, si está enrabietado, dar una patada en el culo a una dama.» Aquel día de 1914 había nacido Charlot.

El vagabundo se convirtió en un personaje muy popular, primero en los cortos y luego en los largometrajes, gracias a películas como “El chico” (1921), “Una mujer de París” (1923), “La quimera del oro” (1925) o “Luces de la ciudad” (1931). Con Charlot, por primera vez, un personaje del cine cómico era algo más que una caricatura que se caía. Era alguien creíble y humano. Chaplin, que había tenido una infancia miserable, con un padre que le abandonó y una madre demente, sabía bien del lado amargo de la vida. Por eso era capaz de ponerle al espectador un nudo en la garganta para acto seguido hacerle soltar una carcajada. Y no sólo interpretaba sus películas, también las escribía, las dirigía, componía la música, supervisaba la fotografía y las producía, lo que hizo de él uno de los pocos verdaderos “autores” que ha conocido el séptimo arte. Con 25 años Chaplin estaba en la cúspide del éxito, era multimillonario y en 1919 fundó, junto al director David W. Griffith y los actores Mary Pickford y Douglas Fairbanks, su propia productora: la United Artists.

Pero Charlot era algo más que un personaje cómico. Era también un crítico feroz de la injusticia. Ahí están como prueba su corrosiva visión del capitalismo en “Tiempos modernos” (1936) o el encendido discurso final de “El gran dictador” (1940), en defensa de la libertad y la solidaridad entre los pueblos. Todo ello hacía de Chaplin una persona muy incómoda para la sociedad “bien pensante”. Además estaba su irreprimible pasión por las adolescentes que le llevó a casarse cuatro veces con mujeres mucho más jóvenes que él. Tras la Segunda Guerra Mundial las acusaciones de inmoralidad y comunismo aumentaron, y la amenaza de “la caza de brujas” del senador McCarthy se cernió sobre él. Asustado, Chaplin aprovechó el estreno en Europa de “Candilejas”, en 1952, para viajar a Londres con su familia y ya no regresaría a los Estados Unidos hasta veinte años después, cuando la Academia de Hollywood le entregó un Oscar honorífico al conjunto de su carrera. Murió el día de Navidad de 1977 en su residencia a orillas del lago Leman, en Suiza.

Charles Chaplin hizo setenta y cinco películas mudas. El cine para él era en silencio por definición. “Detesto las películas habladas –decía–. Vienen a desvirtuar el arte más antiguo del mundo: el arte de la pantomima. Destruyen la belleza del silencio.” Cuando el sonoro ya estaba totalmente implantado, él continuó resistiéndose y rodando películas mudas. Si su vagabundo Charlot hablara, decía, habría muerto. Habló en “El gran dictador”, en su discurso final, y Charlot, en efecto, murió. Chaplin hizo otras cuatro películas sonoras, dos de ellas verdaderas obras maestras como “Monsieur Verdoux” (1947) y “Candilejas” (1952), pero todo el mundo siguió identificándole con el vagabundo. Su bastón, su bombín y su bigote se convirtieron en el símbolo mismo del cine y en una de las señas de identidad más representativas del siglo XX.

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