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Domingo, 08 de Diciembre de 2019

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La pasión cinematográfica de Blasco Ibáñez

Repasamos la relación del novelista valenciano con el cine cuando se cumplen 90 años de su fallecimiento.

El cine había nacido y se estaba desarrollando a su alrededor pero ni los escritores de la generación del 98 ni la mayoría de los autores literarios de comienzos del siglo XX mostraron gran interés por el nuevo arte. Más bien lo trataban con desprecio. Unamuno, por ejemplo, se negaba a permitir que llevaran sus novelas a la pantalla. “Si etimológicamente “película” significa “pellejo” –decía– “peliculear” una obra literaria no sería otra cosa que “despellejarla”. Machado definía el cine como “un invento de Satanás para aburrir al género humano” y Pío Baroja echaba pestes de las adaptaciones que se hacían de sus obras. Aun así apareció haciendo de sargento carlista en la versión muda de “Zalacaín, el aventurero”para luego renegar tanto de la película como de su interpretación.

Hubo, sin embargo algunas excepciones. Dramaturgos como Eduardo Marquina, Joaquín Dicenta o Adriá Gual escribieron argumentos originales para la pantalla o adaptaron sus propias obras. Gual fue además el impulsor de Barcinógrafo, una de las productoras más destacadas de la década de los diez. En 1918 Jacinto Benavente dirigió él mismo una adaptación a la pantalla de su obra “Los intereses creados”. Más adelante creó su propia productora para la que dirigiría otras dos películas más. Pero sin duda el autor que más se implicó en la aventura cinematográfica fue el valenciano Vicente Blasco Ibáñez.

A diferencia de Unamuno o Baroja, Blasco Ibáñez supo entender enseguida las ventajas del nuevo arte. En una carta a Martínez de la Riva fechada en 1921 el novelista escribía: “Puede uno, gracias al Cinematógrafo, ser aplaudido en la misma noche en todas la regiones del globo… esto es tentador y conseguirlo representaría la conquista más enorme y victoriosa que puede coronar una existencia”.En 1916 el escritor dirigió la adaptación al cine de su novela “Sangre y arena” y poco después un argumento original para el cine titulado “La vieja del cinema”. También probó fortuna en otros oficios cinematográficos. Escribió por encargo varios guiones para el cine americano pero ninguno tuvo éxito. A Blasco le costaba comprender las diferencias discursivas entre una novela y una película, por eso su mayor aportación al cine fueron las adaptaciones a la pantalla que se hicieron de sus obras. Y es que Blasco Ibáñez fue un escritor de gran éxito internacional.

Blasco Ibañez en una corrida de toros

En 1926 la Revista Internacional del Libro de Nueva York realizó una encuesta entre los lectores de toda América sobre la popularidad de los autores del año. Blasco Ibáñez aparecía en segunda posición, tan solo superado por H. G. Wells. Sus argumentos melodramáticos y populistas eran muy apropiados para la pantalla y además añadían otro factor muy atractivo que estimulaba la imaginación de los espectadores: Un exotismo repleto de toreros y pescadores de la Albufera.

En 1921 su novela “Los cuatro jinetes del Apocalipsis” fue adaptada al cine en una gran superproducción que sirvió de paso para lanzar la carrera de Rodolfo Valentino. La novela volvería a ser llevada al cine en 1962 por Vincente Minnelli, con Glenn Ford de protagonista y adaptando su argumento al contexto histórico de la Segunda Guerra Mundial. Rodolfo Valentino fue también el protagonista en 1922 de la adaptación de “Sangre y arena” dirigida por Fred Niblo, película que tuvo un gran éxito en su tiempo y que también volvería a ser llevada al cine en la 1941 por Rouben Mamoulian, con Tyrone Power en el papel del torero Juan Gallardo y Rita Hayworth como la vampiresa doña Sol.

El éxito que tuvieron las primeras versiones de “Los cuatro jinetes del Apocalipsis” y “Sangre y arena” hicieron que se rodaran otras muchas películas basadas en obras de Blasco Ibáñez, sobre todo en la etapa muda: “Los enemigos de la mujer”, “El torrente”, que fue la primera película americana de Greta Garbo, “Mare Nostrum” o “La tierra de todos”, de nuevo con la Garbo en su reparto. En España también se rodaron numerosas adaptaciones de novelas de Blasco Ibáñez. La primera, en 1913, fue “Tonto de la huerta”, basada en su cuento “Demonio”. También se filmaron “Entre naranjos”, “La bodega” o ya en época del sonoro “Mare Nostrum” de Rafael Gil que fue la primera película en España de María Félix, la gran diva del cine mejicano.

En 1954 el director Juan de Orduña dirigió “Cañas y barro”, una historia que también veríamos en una serie de televisión muy popular de finales de los años 70. También fueron adaptadas a la televisión otras obras de Blasco como “La barraca”, “Entre naranjos” o “Arroz y tartana” y en 1997 Luis García Berlanga filmó una biografía televisiva del escritor en dos capítulos. El cine español también hizo su versión de “Sangre y arena”, dirigida en 1989 por Javier Elorrieta y protagonizada por una joven Sharon Stone en el papel de la pérfida doña Sol, pocos años antes de convertirse en gran estrella de Hollywood.

Vicente Blasco Ibáñez mantuvo su pasión cinematográfica hasta el final de sus días. Pasó sus últimos años preparando un guión sobre el descubrimiento y la conquista de América que le hizo recorrer Extremadura para documentarse sobre la tierra natal de los conquistadores. No llegó a terminarlo. Una neumonía acabó con su vida el 28 de enero de 1928, un día antes de cumplir los 61 años. Desaparecía así uno de los novelistas españoles más adaptados al cine y un personaje realmente irrepetible.

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