Jueves, 04 de Junio de 2020

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LO QUE EL CINE NOS DEJÓ

El gran coloso del cine soviético

El 11 de febrero se cumplen 70 años de la muerte de Sergei Eisenstein uno de los mayores gigantes de la historia del cine.

En 1917 la Revolución Comunista sacudió las estructuras políticas de todo el mundo. El cine no se quedó al margen de ese terremoto social y se convirtió en un arma más del combate revolucionario. Dos años después Lenin firmaba un decreto nacionalizando la industria cinematográfica y declaraba: “De todas las artes, el cine es la más importante para nosotros. Debe ser y será el principal instrumento cultural del proletariado.” El gobierno bolchevique deseaba servirse de él como elemento de propaganda, sobre todo en un país donde la mayoría de la población era analfabeta, y bajo esa premisa desarrollaron su trabajo los grandes directores soviéticos de la época como Pudovkin o Dovjenko. Pero el gran coloso del cine soviético iba a ser Sergei Mijailovich Eisenstein.

Eisenstein empezó su carrera como teórico del cine centrando sus estudios en el montaje de las películas. El director repudiaba el montaje clásico entendido como una suma de planos. Para él de dos imágenes yuxtapuestas podía surgir una tercera. Por ejemplo, de la imagen de un ojo y de la de agua surgía la idea de llorar o de las de una oreja y una puerta, la idea de espiar. En 1924 puso en práctica sus teorías al rodar su primer largometraje: “La huelga”. Por primera vez la masa y no unos personajes concretos eran los protagonistas de un drama cinematográfico.

Pero sería su siguiente película, “El acorazado Potemkin”(1925), la que se convertiría en un hito de la historia del cine. Este film narraba el amotinamiento de unos marineros ocurrido en 1905 en el puerto de Odessa. La película tenía un ritmo preciso, casi matemático. Apenas había movimientos de cámara. El movimiento quedaba determinado por la acción y el montaje. La escena más famosa era la de la escalinata en la que los soldados masacraban al pueblo que se manifestaba en solidaridad con los marineros. Esta secuencia se convirtió en la máxima expresión del montaje, gracias a una perfecta combinación de primeros planos, planos generales y travellings. La imagen de los cosacos, bayoneta calada, bajando los peldaños en rígida formación o la del cochecito de bebé que se precipita escaleras abajo forman parte de los momentos más significativos del arte cinematográfico.

El impacto que “El acorazado Potemkin” tuvo en todo el mundo convirtió a Eisenstein en el primer director soviético. En 1927 le encargaron la realización de “Octubre”, una película épica sobre la revolución de 1917 para la que el director contó con todos los medios a su disposición: seis meses de rodaje, cien mil extras en pantalla, presupuesto ilimitado… el film era espectacular pero por primera vez Eisenstein chocó con la censura del Gobierno. Casi un tercio de la película fue mutilada para eliminar todas las referencias a León Trotski, que había caído en desgracia. Eisenstein firmó entonces un contrato con la Paramount y se marchó a Hollywood, pero no consiguió sacar adelante ningún proyecto. Fue también a Méjico, donde rodó una película inacabada, “¡Que viva Méjico!”, y desengañado regresó otra vez a la Unión Soviética. Pero allí cada vez iba a encontrar más dificultades para realizar su trabajo, ya que su creación artística era controlada férreamente por el Gobierno de Stalin.

En los años treinta sólo logró terminar un film: “Alexander Nevsky”(1938), otra de sus obras maestras. Durante los cuarenta se embarcó en el gran proyecto de contar en tres películas la biografía del zar Iván IV, conocido como “Iván el terrible”. El primer capítulo de la trilogía fue muy bien recibido pero el segundo, “La conjura de los boyardos”, fue entendido como una crítica al todopoderoso Stalin y acabó siendo prohibido. No se estrenaría hasta 1958. La tercera parte quedó inconclusa ya que el director cayó enfermo y poco después fallecía de una hemorragia provocada tras sufrir un ataque al corazón. Con Eisenstein el cine soviético protagonizó una auténtica revolución expresiva a nivel mundial, gracias al realismo de sus imágenes, despojadas de todo artificio teatral, y, sobre todo, por el empleo magistral de las posibilidades del montaje.

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