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, 29 de de 2020

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CLUB DE LECTURA

La trastienda de la muerte

Manuel Vilas nos presenta su libro 'Ordesa'. Y Juanjo Millás nos enseña lo que no suele verse en un tanatorio.

La trastienda de la muerte

Tanatorio M-30

En un plazo de 10 años Manuel Vilas perdió a su padre y a su madre. Ese sentimiento de orfandad –pasados los 50- fue lo que le llevó a escribir “Ordesa”.

Encontramos en esta novela (que Vilas se niega a identificar como autoficción) reflexiones sobre la vida, pero sobre todo, sobre la muerte y las circunstancias que la rodean: la decrepitud, la soledad, el miedo…

Alfaguara

El autor aragonés (nació en Barbastro, donde se desarrolla buena parte de la trama de “Ordesa”) hace un recorrido caótico por su vida, intercalando relatos de su infancia, de su matrimonio, de su paternidad, de su alcoholismo, de su dependencia de la literatura…

Una novela llena de recursos literarios, próximos muchas veces a la poesía, que nos muestra el universo de Vilas y los suyos, quienes, por cierto, aparecen reflejados con seudónimos de los grandes compositores (y alguna que otra intérprete) de la historia de la música clásica.

millás en el tanatorio

Paqui Ramos

El Tanatorio de la M30 es el primero que se construyó en Madrid. Lo inauguró Tierno Galván, como bien recuerda una placa en la recepción. Para Juanjo esto supuso el primer gran cambio en la relación que hasta ese momento teníamos con la muerte. Se pasó de velar a los cuerpos en casa rodeados de comida y plañideras a contratar un servicio tan liberador como siniestro.

El ambiente de este tanatorio es todo menos siniestro. Lleno de luz y plantas. Grupos de gente que se reúnen fuera de las salas para fumar y charlar como si fuera una reunión social y no una despedida. Dice Juanjo que le resulta muy curiosa la posición de las personas en un velatorio. Cuando eres joven vas al de algún conocido y te quedas en la puerta fumando, pero luego te vas acercando hasta que eres tú el que ocupa el lugar dentro de la caja.

Paseamos por las salas a las que no suele acceder la gente. El garage donde cientos de coches fúnebres esperan a ser utilizados. La mayoría mercedes negros, aunque también tienen un par de cadillacs y dos coches blancos en honor a aquellos carruajes tirados por caballos que transportaban niños y doncellas.

Atravesando una capilla laica llegamos a una puerta metálica que se abre a un pasillo parecido al de una cárcel, con puertas metálicas a ambos lados que franquean la entrada a los túmulos. Aquí la temperatura es muy baja y hay un fuerte olor a flores. Es una sensación extraña entrar y ver la sala desde el lugar que habitualmente ocupan los muertos. Al final del pasillo la sala del último adios, el último contacto con tu ser querido. A partir ya no se alarga más el proceso.

Charlando con alguna de las personas que trabajan en el Tanatorio, Raquel, Esther, Patricia, descubrimos algunos detalles en los que nunca nos habíamos parado a pensar. Las conversaciones de la gente según su edad: las herencias si son mayores, los brindis por los amigos si son más jóvenes. " Hace años la cafetería del tanatorio era el lugar para tomarse la última copa, porque era el único bar que abría las 24 horas", nos cuenta Raquel Blanco, jefa de marketing. Turistas que confunden la recpción del tanatorio con la de un hotel cercano, señoras mayores a las que les gusta pasear de noche por los alrededores, familiares que meten dinero en el féretro (¿para pagar a Caronte?), gente que ríe nerviosa por la cercanía de la muerte. Gente que ríe porque, en esta ocasión, la cosa no va con ellos.

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