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Sábado, 18 de Enero de 2020

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Lágrimas y autobombo antes de la batalla

Josep Ramoneda analiza la primera jornada del Congreso del Partido Popular, así como el Congreso del PDeCAT que se celebrará este fin de semana

Lágrimas y autobombo antes de la batalla. La primera jornada del Congreso del PP ha tenido un solo protagonista, Mariano Rajoy, que en su último discurso se ha centrado en la exaltación de sí mismo y de su partido. Un solo objetivo: exorcizar la herida de la moción de censura. Y en el recuento de sus éxitos, con la recuperación económica y la aplicación del 155 como activos estelares, el presidente ha hecho un uso abusivo de la derrota de ETA como si fuera patrimonio exclusivo del partido popular.

Rajoy no ha dejado una sola señal que pudiera ser interpretada como apoyo a uno de los candidatos a sucederle. Aunque por dos veces ha nombrado a Dolores de Cospedal. Todo ha sido balance de un pasado glorioso de un partido que ha llevado a España al mejor momento de su historia. Si ha salido del gobierno por la puerta de atrás de la moción de censura ha sido exclusivamente por la maldad de una coalición de perdedores. Nada que pueda explicar que el partido que heredó con más de diez millones de votantes esté ahora en cinco o seis y en pérdida constante de poder institucional. En su autocomplacencia ha tenido su momento cursi: el Partido Popular es una de las mejores formas de amar España, y solo dos veces ha recurrido a su mejor arma, la ironía, siempre con Aznar como destinatario: seré leal a quien me suceda, alguno podía haber sido más cómplice. Rajoy se ha ido. Ahora empieza la pelea.

En un fin de semana a vida o muerte para dos partidos. El PP se juega su futuro en la batalla entre el joven portavoz de la moda ultraconservadora que amenaza a Europa y la arrogante opositora que conoce los secretos del Estado pero que sabe poco de empatía y de conexión con la calle. Al PP no se le ha aparecido el hombre nuevo y con autoridad que buscaba. En Cataluña, el Congreso del PDeCAT puede ser el de su entierro. Acomplejado, primero por la herencia del pujolismo y después por el activismo de Puigdemont, se ve tan débil que parece imposible que pueda defenderse de la opa del expresidente. Tanto en la derecha española como en la derecha independentista catalana están de mudanza. A la primera le falta liderazgo, a la segunda le sobra.

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