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Mirar al pasado para no afrontar el futuro

Josep Ramoneda analiza la situación del sistema democrático español tras 40 años de vigencia de la Constitución del 78, con problemas como el independentismo catalán o la ascensión de la ultraderecha

No hay ninguna duda de que la Constitución se ha hecho vieja, que se ha degradado con la interpretación que se ha hecho de ella en los últimos años y que se requiere un nuevo pacto para una sociedad distinta. Pero antes de hablar en serio de reforma de la Constitución se requiere un acuerdo de fondo como preludio de un nuevo consenso. De lo contrario el remedio será peor que la enfermedad. Y en este momento no se dan las mínimas condiciones para renovar un pacto de convivencia. Hay que crearlas. Celebrar el 40 aniversario de la Constitución con triunfalismo es pura melancolía. Mirar al pasado para no afrontar el futuro.

¿Es posible encontrar formas de colaboración en la confrontación? ¿O, dicho de otro modo, pactar los desacuerdos para hacer posibles algunos acuerdos? Este es el rompecabezas en el que está encallada la crisis institucional española. Sólo desde esta perspectiva podría reconducirse la cuestión catalana al terreno de la política. Pedro Sánchez lo ha intentado tímidamente y la otra parte contratante, el soberanismo catalán, no encuentra el equilibrio entre las palabras y las cosas. La radicalización de la derecha y su éxito andaluz complican más todavía el escenario. Y el propio Sánchez lo acusa cuando dice “que al independentismo le da igual el modelo de Estado y sólo quiere ir contra el Ser de España”. Si se opta por la dialéctica trascendental del Ser de España contra el Ser de Cataluña no hay nada que hacer. Los Estados y las comunidades humanas corresponden al ámbito del Estar, no del Ser. Y son mutables, por definición.

Manuel Valls es el candidato de Ciudadanos al ayuntamiento del Barcelona, pero quiere convencer al personal que es esto y más, que su figura va más allá de un partido. Y ha encontrado en Andalucía una oportunidad de vender perfil diferenciado, tratando al mismo tiempo de hacer olvidar su pasado: “Estoy convencido, ha dicho, de las convicciones de Ciudadanos. No puede haber ningún pacto con Vox”. Rivera, sin embargo, insiste que no lo descarta. Son los problemas que generan los candidatos acoplados. Rivera podrá decir con razón que el comportamiento autoritario de Valls como alcalde, como ministro del interior y como primer ministro no le autorizan a dar lecciones a nadie. Pero en este caso Valls tiene razón. Y de hecho Rivera lo reconoce cuando suplica al PSOE que facilite la elección del candidato de Ciudadanos, para no caer en manos de Vox. Pero lo que quiere es el poder, y le vale quien se lo dé.

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