La firma

El miedo que guarda la viña

Ante las perspectivas de un descarrilamiento de consecuencias imprescindibles el día 21 parece estar creciendo la convicción de que hay que reconducir el conflicto y situarlo en el plano del que nunca volvió salir, el del diálogo político

En la transición, el temor a que los extremismos sacaran las cosas de quicio contribuyó al milagro de los acuerdos imposibles. No sé si percibo, o es que quiero percibir algo parecido en Cataluña. Ante las perspectivas de un descarrilamiento de consecuencias imprescindibles el día 21 parece estar creciendo la convicción de que hay que reconducir el conflicto y situarlo en el plano del que nunca volvió salir, el del diálogo político

Lo malo es que, aunque la cordura llegara a tiempo de controlar las furias desatadas, hay rotos cuya sutura no está al alcance de un diálogo Torra-Sánchez, con el agravante de que dicho diálogo sería recibido como munición de regalo por la triple alianza de la derecha, los cruzados de Aznar, a quienes todo aprovecha, el radicalismo independentista les hace engordar, el diálogo para racionalizar la situación, también; lo contrario de lo que le ocurre a Sánchez, al que ambas cosas le pasan factura. Sin embargo, esta distensión sería una excelente noticia. 

Ahora se aprecia mejor que nunca el tiempo perdido en la inacción política. Hace siete u ocho años, cuando todavía las llamas no habían desbordado el perímetro de seguridad, cuando el independentismo aún no había perdido del todo la cabeza y el españolismo ultramontano seguía en las catacumbas, se hubiera podido trabajar estudiando fórmulas de entendimiento, incluso, perdonen la blasfemia, condiciones para un tipo de consulta, pero en aquellos años, el gobierno estaba muy ocupado echando gasolina al fuego y echando balones fuera, al Constitucional. Bienvenido el miedo que guarda la viña, si llega, y si llega a tiempo.

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