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Martes, 15 de Octubre de 2019

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El rey de las superproducciones del cine clásico

El 21 de enero se cumplen 60 años del fallecimiento de Cecil B. DeMille

Ningún otro director del cine clásico fue tan bendecido por la industria cinematográfica como Cecil B. De Mille. Su carrera estuvo plagada de triunfos y fue uno de los pocos realizadores pioneros que consiguió dar con éxito el salto del mudo al sonoro. Fue también el primer director que rodó en Hollywood. Su debut como realizador en 1913 con “El mestizo” inauguró el que habría de ser el centro neurálgico por excelencia del cine americano.

En 1915 su película La marca de fuego, un melodrama policíaco protagonizado por Pola Negri, batió un récord de permanencia en cartel en Francia: diez meses, algo que ninguna película había logrado hasta entonces. Fue el primero de sus muchos éxitos. Hacia 1925 era ya el director más popular del planeta y el auténtico rey de la Paramount. No sólo dirigía los mayores éxitos del estudio, sino que supervisaba todas las demás películas de la productora.

Cecil B. De Mille explotó básicamente todos los géneros durante la era del mudo. Fueron muy famosas, por ejemplo, sus comedias de alcoba protagonizadas por Gloria Swanson. Pero el director no encontró su verdadero sello personal hasta que descubrió el cine de gran espectáculo que le situaría en lo más alto del cine americano durante casi cuatro décadas. Vestido con pantalones y botas de montar, De Mille dirigía a miles de extras como un general a su ejército. Las epopeyas bíblicas o históricas se convirtieron en su gran especialidad. Ahí están como ejemplo su primera versión de “Los diez mandamientos” (1923) o “El Rey de reyes” (1926), en la etapa muda, y otros muchos títulos ya en la época del sonoro: “El signo de la cruz” (1932), “Las cruzadas” (1935), “Buffalo Bill” (1937), “Unión Pacífico” (1939), “Sansón y Dalila” (1949) o la nueva versión de “Los diez mandamientos” (1956), que protagonizó Charlton Heston.

De Mille se jactaba de ser un moralista cuyas películas siempre condenaban el mal. Su padre había sido predicador y él creció en un ambiente dominado por la religión. Entre sus originalidades se cuenta que todos los días interrumpía la jornada y mandaba decir misa en el plató; o cómo al acabar de rodar la escena de la crucifixión en "El Rey de reyes" hizo que todos los actores mantuvieran la cabeza gacha durante cinco minutos mientras escuchaban música de órgano. 

 

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