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Domingo, 21 de Julio de 2019

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La herida

La poesía de Alejandra Pizarnik es un complicado juego de espejos en la que la vemos reflejada, deformada y embellecida

¿Se heredan las heridas? Eso creía Alejandra Pizarnik, que afirmaba, con contundencia: Todos estamos heridos. En su caso, se daba, además, un extraño síndrome del superviviente, de culpa por haber sobrevivido a una tragedia. Antes de que ella naciera, en 1936, sus padres, temerosos por el clima antisemita en Europa, huyeron a Argentina. Sus temores se confirmaron en 1941, cuando toda la familia de las dos ramas que quedó atrás en Ucrania murió asesinada en la masacre de Rivne. Alejandra, ya adulta, tras pasar por el psicoanálisis, atribuirá su miedo eterno, su asma, su sensación de eterna extranjera, a esa dolorosa herencia. Le acompañarán, a su espalda, las sombras de sus muertos. No le ayudó sentirse fea, torpe y gorda en una casa y una sociedad que buscaba en ella ligereza y corrección. Si algo no fue nunca Pizarnik fue ni liviana ni correcta.

¿Se curan las heridas? Eso creía ella: Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Y de qué manera feroz, implacable, escribía. Con qué desesperación intentaba restañar esa herida tan profunda, como lo hicieron antes de ella los poetas malditos que leyó con fruición y admiró, con una mirada oscura y propia que hacía que no se pareciera a nadie. Solo así podía afrontar un mito tan manido como el del vampiro en La condesa sangrienta, y salir de ello con tal maestría. Erzebeth Bathory, en las palabras de Alejandra, cobra una vida prestada, roba la belleza gota a gota, se alimenta de la juventud ajena, y resulta creíble y nueva. Y, al mismo tiempo que habla de ese monstruo, hablaba de ella. La poesía de Pizarnik es un complicado juego de espejos en la que la vemos reflejada, deformada, embellecida.

Como otros poetas latinoamericanos de la época, buscó una huida a París; allí coincidió con Cortázar, y con Octavio Paz, y, como ellos, tradujo a clásicos y a contemporáneos. Pulía su lenguaje al mismo tiempo que estudiaba el de los grandes, ahondaba en su búsqueda personal al mismo tiempo que se perdía cada vez más. El flirteo con el malditismo solo resulta atractivo si se observa desde fuera. Para quienes la rodeaban, Alejandra, exótica, oscura, salvaje y poco convencional, configuraba un personaje fascinante. Ella misma se acostumbró a desempeñar ese papel que se tomaba cada vez más en serio. Pero, en un nuevo giro autodestructivo, los que jaleaban sus rarezas se alejaban de ella al poco tiempo, incapaces de soportar una llamada de atención tras otra, o de ser testigos de su propio aniquilamiento.

Cada vez escribía mejor, pero la diferencia entre su vida y su poesía era ya indistinguible. Y quien la lea sabrá que su poesía es un oscuro lugar en el que habitar. La adicción a los barbitúricos y las anfetaminas, que había comenzado a consumir para el control del peso en su adolescencia, agudizó sus altibajos emocionales, y la muerte de su padre cuando ella contaba 31 años la sumió en una depresión de la que ya no salió. Arrastraba la sensación de haber fracasado en Francia, aunque allí había adquirido, en muy poco tiempo, una enorme madurez literaria. El deseo, que perseguía y que rehuía, que adoptaba la forma de hombres y de mujeres se transformó en angustia.

¿Se olvidan las heridas? Solo si se convierten en cicatrices, pero el proceso de curación no parecía funcionar en Alejandra, que apenas enjugaba la sangre. En 1972, la poeta, de 36 años, se suicidó con una sobredosis de pastillas. Era la tercera vez que se hería, inútiles los intentos de aliviar su depresión en un psiquiátrico. Escribió hasta sus últimos momentos, pero quizás ya la poesía no era venda, sino cuchilla. Buscar. No es un verbo sino un vértigo. Extranjera en su propia mente, autora de su propio tormento, lo que encontramos en sus versos es el camino al infierno que otros (Mallarmé, Ducasse, Guide) ya habían indicado. Enteramente suyo es el mérito de haber abierto una senda nueva.

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